A nadie puede sorprenderle ya que Italia no vaya a un Mundial o que Alemania –antes altiva, invencible, finalista—se quede en primera ronda en 2018 y 2022 y se vaya de aquí en Dieciseisavos de Final, eliminado por el modesto Paraguay de Gustavo Alfaro, sin poder hacer diferencia en el tiempo regular. Tampoco nos llama la atención que Marruecos sea el verdugo de Países Bajos, que era candidato a ganar el torneo. El cuadro africano ya había hecho una muy buena copa en Qatar, así que su victoria sobre la Naranja Mecánica no es un batacazo ni mucho menos. Es algo que podía pasar.
El mapa del fútbol ha cambiado, pero mientras los casos europeos son particulares, los africanos tienen un hilo conductor, una explicación más general. Marruecos, por ejemplo, tiene a Achraf Hakimi, lateral derecho del PSG bicampeón de la Champions League y considerado el mejor del mundo en su puesto. Imaginar hace unos años a un jugador marroquí en el lugar más importante del podio global, con opinión casi unánime, era una locura, Pero el fútbol africano evolucionó, sus jugadores son requeridos por la mejores ligas del mundo y eso se ve con claridad en este Mundial. Es casi excepcional que un equipo de África pierda en manera desdorosa algún compromiso por más complicado que sea. Que Marruecos haya eliminado a Paises Bajos –aún entendiendo que empató en tiempo adicional y que se definió por penales—no debe sorprender a nadie. Es algo posible, cuenta con probabilidades mucho más altas que en otra época.
Paraguay eliminó a Alemania en una definición histórica.
El caso de los europeos es diferente. Quitemos del análisis que sigue a Paises Bajos, que tiene un muy buen equipo y perdió un partido que iba ganando hasta más allá del minuto 90. No tuvo suerte con el rival y, encima, se descuidó en el último centro. Le tocó un cruce complejo. También hay que sacar de esta consideración a Francia, lógicamente. El cuadro que desde 2012 dirige Didier Deschamps es, sin duda, uno de los dos máximos exponentes del fútbol mundial. El otro es Argentina, claro está. Podríamos calificar a Francia como un nuevo grande. Su primera estrella fue en 1998, pero fue finalista en 2006, fue eliminado en Cuartos de 2014 por la Alemania que le hizo 7 a Brasil y que derrotó a la Argentina en la final y fue finalista y Campeón en 2018 y finalista y perdedor en desempate por penales en 2022.
Esta Selección Francesa de 2026 sigue en la misma tónica que las anteriores. Tiene una riqueza individual que lo pone, de nuevo, como candidato a jugar la final el 19 de julio en East Rutherford. Por su parte, España, ganador de la última Eurocopa, tiene un estilo muy marcado de tenencia de pelota que, a veces, aburre hasta a los propios jugadores que la tienen. Si juega Lamine Yamal, es un equipo temible. Si no está el niño prodigio, la cosa no le es tan fácil.
Los casos de Alemania e Italia son dignos de un análisis más profundo, porque no hay una sola razón por la cual estén sufriendo eliminaciones que pisotean sus riquísimas historias.
Algunos dirigentes alemanes compraron el discurso de que el equipo cuatro veces Campeón del Mundo debía cambiar su manera de jugar, esa que lo llevó a dar tantas vueltas olímpicas y a jugar mil finales. La Fiebre Guardiola llevó a muchos a querer hacer lo mismo y Alemania –también por ciertos cambios en físicos y características de sus nuevos jugadores—se fue detrás de la idea de tener la pelota y hacerla correr. Creyeron que el tiempo de los tanques como Uwe Seeler, Gerd Müller, Rudi Völler, Horst Hrubesch o Jürgen Klinsmann había terminado. Pensaron que ya no alcanzaba con jugadores completos y extraordinarios del estilo de Karl Heinz Rumenigge o Thomas Müller. Ya no hay más Franz Beckenbauer, dijeron. Ya no quedan arqueros como Sepp Maier o Harald Schumacher o un Manuel Neuer de 20/25 años. Ahora tenemos y queremos jugadores más livianos, rápidos, dinámicos, técnicos, con gran capacidad para tener la pelota y llegar al arco rival en forma asociada. Basta de wines locos como Pierre Littbarski, basta de defensores grandotes como Hans Peter Briegel, basta de laterales como Manfred Kaltz o Andreas Brehme.
La nueva idea de “tenencia y juego asociado” generó nuevos apellidos: Nmecha, Pavlovic, Sané, Undav, Kimmich, Goretzka, Rudiger, Tah, apellidos de pretendida prosapia en Champions, pero sin más competencia que la interna. Hace tiempo que una selección alemana no juega un amistoso contra alguna potencia sudamericana. Entonces, le tocan Ecuador y Paraguay y tienen una resistencia que desconocen. Ya no se trata de ser mejor o peor, de si juegan Champions o la Copa Sudamericana o la Copa Libertadores. Se trata de entender que los sudamericanos pueden ganar o perder, jugar mal o bien, pero tienen unas formas que incluyen la emoción y la vergüenza en una proporción mayor a la que conocen. Por eso, el famoso Leon Goretzka, que juega en el celebérrimo Bayern Munich, no se animó a patear un penal en la definición con Paraguay. Tanta entrega, tanto conazón, tanto juego físico del otro lado, lo dejó sin energía y sin coraje. Para los de generaciones anteriores, que un futbolista alemán se sienta intimidado por un rival enjundioso y optimista era algo imposible, utópico. Alemania no sólo pierde prestigio con estas eliminaciones dolorosas, sino que deja por el camino algo aún más valioso que le costará recuperar: su identidad.
Lo de Italia tiene ribetes dramáticos, por supuesto, en términos futboleros. La Ley Bosman permitió la contratación de futbolistas nacidos en países del Mercado Común Europeo como oriundos y, también, a futbolistas que fueron dados a luz en otros continentes pero son descendientes de personas nacidas en esos países del MCE. Esto le dio a los clubes italianos más importantes –los que históricamente más alimentaron a la selección—la posibilidad de contratar a estrellas de los principales seleccionados del mundo. Eso hizo que la liga fuera buena durante un tiempo, pero, a la vez, que los jóvenes jugadores quedaran tapados por la voracidad de los dueños de las sociedades anónimas por ganar títulos y dinero. Estos futbolistas no eran italianos, con lo cual poco y nada le servían a la Selección. En 2010, cuando Inter ganó la Champions, lo hizo sin futbolistas italianos en su formación titular. El único oriundo era Mateo Materazzi (al que Zidane golpeó con la cabeza en la final del Mundial 2006). Y mientras el Inter daba la vuelta olímpica después de vencer a Bayern Munich con goles de Diego Milito (de escaso rendimiento en la Selección Argentina), la Selección se iba del Mundial de Sudáfrica sin pena ni gloria, en Fase de Grupos, después de no ganar ningún partido en una zona que compartió con Paraguay, Nueva Zelanda y Eslovaquia. Italia es un equipo grande, todos pensamos en un mal momento, como pudo haber sido la eliminación argentina en Fase de Grupos en 2002. Pero la cuestión escaló. La Azzurra quedó fuera en la primera fase también en 2014 y ni siquiera se clasificó para los últimos tres Mundiales.
La falta de jugadores de elite, los defectos en la formación y la emisión de un discurso similar al que difundieron en Alemania, atacando su identidad histórica, fueron un cóctel explosivo que revoleó por el aire tantos años de historia y cualquier posibilidad de recuperación inmediata. Nunca antes, ni en nuestro sueños más locos, pudimos imaginar que dos jugadores sin la menor chance de pelear un lugar en la Selección Argentina, como Gabriel Paletta o Mateo Retegui pudieran ser citados para jugar en la Selección de Italia y ser titulares. Esto no intenta ser peyorativo para con los jugadores argentinos, sino de lo mal que está la formación de futbolistas en el fútbol italiano. Recordemos que alguna vez fue nacionalizado Daniel Osvaldo, pero casi no había jugado en la Argentina y era figura en la Roma del gran Francesco Totti. O, más atrás, la convocatoria de Mauro Camoranesi, titular en la Juventus entre 2001 y 2010, compañero de Buffon, Paolo Montero, Ferrara, Thuram, Nedved, Cannavaro y Trezeguet, estaba plenamente justificada. De hecho, Camoranesi fue Campeón del Mundo en 2006.
Es altamente probable que el mapa mundial del fútbol esté cambiando. Si la geopolítica cambia constantemente, cómo no cambiaría el deporte más importante y más rentable del planeta. Pero aquí hay casos diferentes. Hay malas decisiones, hay países que renegaron de su historia futbolera más gloriosa y lo están pagando con papelones fenomenales y hay discursos que se instalaron como únicos y que señalan con el dedo a quienes no lo siguen o deciden ser independientes de lo que manda el establishment periodístico futbolero (“o jugás como me gusta a mí o jugás mal”). Alemania e Italia están pagando un altísimo precio, más la Azzurra que el Mannschaft, pero ambos están metidos en una espiral de frustraciones de la cual no pueden salir, a pesar de que año tras año lo intentan de casi todas las maneras posibles.