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Un partido que se puede dividir en dos partes: un primer tiempo donde Argentina manejó juego y pelota y una segunda parte donde Brasil se fue a un ataque sostenido e hizo que el partido llegara a un final apretado y angustioso para los juveniles argentinos, aunque todo terminó en alegría y vuelta olímpica.
Bastaron pocos minutos para que los juveniles de Argentina se dieran cuenta que dejarles la pelota en los pies a los brasileños era extremadamente peligroso. Mucho más si tenían cierta facilidad en la recepción y espacio para maniobrar. Seguramente sabían (ambos), que el que tuviera la pelota marcaría diferencias.
Sin pausa, con un trabajo mancomunado el Sub-17 nacional comenzó a aclarar el panorama futbolístico, que a su vez le permitió medir sus posibilidades. No esperó a Brasil, sino que salió a obstruirlo desde el momento de su arranque, haciéndolo confundir y -fundamentalmente-obligándolo a dividir la pelota, para que sus argumentos futbolísticos perdieran prestancia.
Mientras que Brasil quedaba supeditado a la individualidad de Ederson (gran jugador) y a las entradas solitarias de Evandro Roncatto, Argentina «peleando» la pelota arriba seguía obligando.
Era lógico suponer que Brasil se iría a jugar en ataque. En verdad, tuvo dos o tres situaciones de igualar. Argentina cerrada cerca de su área y Ustari seguro, esperaron que el equipo se volviera a acomodar (cosa que nunca ocurrió). Se todas maneras los brasileños estuvieron cerca de la igualdad y de no ser por el arquerito Bruno, Argentina tuvo también posibilidades de definir . Sin embargo, de tanto machacar Brasil logró el empate (vía Jonathan). Siguió dominando ampliamente, estuvo siempre cerca del arco argentino pero se debió conformar con el empate.
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