“¿Qué nos pasa a los argentinos?”, se preguntaba Fabio Alberti en Todo x 2 Pesos, programa que emitían el Canal 7 de la Alianza gobernante a comienzos de los 2.000, cuando hacía una sátira de un supuesto periodismo serio y reflexivo. Siempre tenían la verdad revelada, siempre estaban iluminados, vivían tomados por la perfección. Siempre eran buenos, nunca se equivocaban.
Eso pasa en el periodismo desde hace un tiempo y también en el periodismo especializado en fútbol. Las redes –sobre todo X, ex Twitter—son fiscales de todo el mundo. Saben de ciencia, de medicina, de aviación comercial, de derecho, de salud, de fútbol, de música, de artes, de presupuestos educativos. Saben de todo.
El episodio de la difusión de la falsa noticia del fallecimiento de Jorge Messi dio lugar a infinidad de debates variopintos, desde muy ridículos hasta dignos de prestar atención. Desde los que le caen a Florencia Peña por kirchnerista –extraña y mayoritariamente, de periodistas oficialistas que creen hacer bien su trabajo—hasta los que creemos que es un error grave, que nunca hay primicia en una muerte ni en una enfermedad y que, como corolario de todo esto, no quitamos responsabilidad al propietario del medio en donde se produjo el episodio, porque, si querés hacer una primera mañana, un “magazine descontracturado y con toques de noticias”, la gente que contrates tiene que estar mínimamente capacitada, algo que parece difícil con los sueldos de miseria que cobran los chicos soñadores que ocupan esos lugares, con gran entusiasmo pero sin la formación suficiente, y más imposible parece si quien los contrata no se ocupa de enseñarles. Estos errores, estas estúpidas carreras por la primicia, se repetirán, aún en temas de menor repercusión.
Es un mal endémico que llega hasta el periodismo especializado en fútbol (detesto el término “deportivo”, nunca comenté hockey sobre hielo ni polo, sólo fútbol). Es muy difícil hacer análisis demasiado profundos sobre la Selección Argentina sin que una legión de pseudosabios dispuestos a cancelar a quien ose, por ejemplo, decir que un jugador de nuestro equipo está desgarrado. O, como está sucediendo ahora, plantear cierta discrepancia con la convocatoria de Montiel en detrimento de la de Giay porque el lateral de River, entre mediados de 2024 y mayo de 2026 sufrió seis lesiones musculares. O, simplemente, decir que sacando a Messi, el mejor jugador argentino en la victoria contra Australia fue Enzo Fernández. “¿Qué partido viste?”, contesta alguien que cree –con gran ignorancia, pero con todo derecho—que el volante argentino no lo hizo tan bien. Alguien que nunca escucha las conferencias de Scaloni, alguien que claramente no sigue la trayectoria de Enzo Fernandez en el Chelsea. En definitiva, alguien que no es periodista y no tiene la obligación de hacer un seguimiento. En todo caso, debería hacerlo, si su misión en la vida es fiscalizar a quienes hacemos de esto una actividad profesional. Pero descalifica como si fuera un erudito. Aprendimos a convivir con esto, el cuero está curtido, pero, hilando más fino, eso forma parte de una era de poca tolerancia, de una polarización brutal y de un gran desconocimiento de casi todo lo que se opina.
Enzo está siendo transferido al Real Madrid en estos días justamente, producto de ser el jugador argentino con mayor proyección de todos los que están esparcidos por el mundo. Se ve que no estaba tan errada la observación de quienes seguimos a la Selección por todas partes y no sólo en Mundiales.
El otro ejemplo de cancelaciones absurdas es el desgarro con el que Leandro Paredes llegó a EEUU. Dijeron que era desgarro, después dijeron que no, pero “desgarro” es una palabra prohibida en el lenguaje del fútbol. Es tan absurdo pensar que pidiéndole a los médicos que hagan dibujos o creer que contar con favores de periodistas amigos diciendo lo que el cuerpo técnico necesita el jugador se va a sanar. Paredes se desgarró en el calentamiento previo del partido de Boca contra la Universidad Católica, por la Copa Libertadores. El compromiso del capitán xeneize con la causa azul y oro es de tal magnitud que decidió jugar igual, sabiendo que sacrificaría la primera parte de su preparación en la Selección Argentina. Es un acto de amor por su club y sus colores que resulta conmovedor, pero no se puede mencionar porque esto pondría a Scaloni en un supuesto ojo de tormenta por convocar a un jugador lesionado. Paredes es importante, es mesa chica, es un referente claro del grupo, pero es suplente, así que cuenta con una mayor amplitud de recuperación que otro que podría ser titular. Acá, hay que sumar que Exequiel Palacios está muy bien y que su semestre en el Bayer Leverkusen fue muy bueno. Palacios podría tranquilamente ocupar un lugar en la mitad de la cancha, reduciendo exponencialmente la gravedad de la ausencia de Paredes. Pero ojo cómo decimos esto. No todos están preparados para recibir malas noticias u opiniones que no son las que quieren escuchar.
Vuelvo al comienzo. Está muy difícil el juego de la opinión y el análisis, sobre todo cuando de la Selección Argentina y todas sus derivaciones se trata. El futbolero promedio (que mayoritariamente no es el que recorre EEUU viendo a nuestro equipo) sólo se ocupa seriamente del equipo celeste y blanco en los Mundiales y Copas América. Entonces, se envuelve en la bandera, se pone nacionalista y ciego, se cree fiscal de la Nación y piensa que cualquier observación es un ataque de odio a la Selección, o lo que es más estúpido aún, a la Patria.
Lo grave es que ese odio esta fomentado por los mismos periodistas que señalan con el dedo a alguien que, conduciendo un programa, se comió una curva muy seria. Y arrasan con todo. Con la ética, con los fundamentos básicos de esta profesión, con cualquier vestigio de honestidad (si es que les queda algo) y todo lo basan en el odio.
El fútbol es algo extraordinario y no se imaginan lo que lo disfrutamos quienes estamos todos los días todo el día y no cada cuatro años, envueltos en una bandera que, al terminar el paseo, doblan y guardan. Siempre son bienvenidos los outsiders, trabajen donde trabajen, sean quienes sean, hagan lo que hagan en los medios.
El único pedido es que lo que vayan a hacer, lo hagan bien.