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En estos casos, la necesidad es condicionante. Se juega con el resultado en la mano. Boca, con la mente puesta en levantar la diferencia de dos goles en contra y sin -por lo menos en el comienzo-contar con sus mejores hombres (por lo menos, en los que habitualmente lo hacen de titular). Diferente era la postura de Gimnasia, que puso todo lo que podía y tenía para conservar esa diferencia de 3-1 de La Plata.
Obviamente, todo esto se conocía de antemano. Lo que en verdad no se sabía era si un gol -de cualquiera de las partes-podía cambiar la historia. Tal vez, el tema central era equivocarse lo menos posible para lograr el objetivo buscado. En eso el que más se equivocó fue Boca, jugando casi todas las pelotas por elevación, tanto las que llegaban por Calvo, Pinto (de flojo trabajo defensivo), Giménez u Omar Pérez, casi siempre por izquierda, o lo que podía aportar Estévez (en síntesis, el mejor por lejos) por la franja opuesta. Siempre para encontrar la cabeza de Sosa, apretado siempre entre dos y tres hombres, pero encontrando huecos para el remate. Dicen que en el fútbol no existe la suerte, pero la fortuna le fue esquiva a Sosa.
Tampoco, aun pensando que sus necesidades eran menores, acertaba Gimnasia en el contraataque, que por momentos salía limpio por el sector de Pautasso, pero no tenía consistencia cuando intentaban juntarse Choy con Turienzo o cuando se debatía Enría en soledad. En ambos casos, cerca de la raya lateral.
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