Durante muchos años, escuchamos decir que “somos Argentina, el rival debe preocuparse por nosotros y no nosotros por ellos”. O sea, no se consideraba necesario saber cosas del rival, no era bien visto modificar alguna cuestión táctica o estratégica porque el adversario tenía x características. Más bien, era tomado como una muestra de debilidad.
Cuando Carlos Bilardo lucía orgulloso su estante desbordado de VHS con partidos de todas partes del mundo y encerraba a los jugadores de la Selección en una habitación del Hotel de las Américas a ver interminables partidos entre potenciales rivales de Argentina, era mirado como una rara avis. Pero fue un pionero del estudio de los rivales. Ahora es impensado que un DT no quiera saber pelos y señales del equipo a enfrentar. Es más, es probable que si el adversario presenta tal o cual característica o tal o cual jugador, el entrenador en cuestión llegue a cambiar algún o algunos jugador/es para poder contrarrestar la fuerza oponente.
Es casi un juego de ajedrez previo, una carrera de mentes que están asistidas por ayudantes, entrenadores alternos y videoanalistas. Quienes se resisten a esta evolución del juego, suelen interponer argumentos obvios: “Los jugadores no son robots (¡oh!) y una gambeta termina con cualquier cálculo previo, no se puede saber antes (¡ahá!)”
Lo que los entrenadores hacen con todo ese análisis previo, con el videoanalista entregando pendrives a los futbolistas para que ellos sepan detalles de la zona del campo en la que van a jugar o ciertas debilidades que pueda tener el jugador rival, es achicar el margen de error o, al menos, intentarlo. Es obvio que hay situaciones que no pueden preverse.
Lionel Scaloni sabe, por ejemplo, que Polonia tira la pelota por arriba porque tiene laterales (sobre todo el derecho, Matty Cash) que van para arriba y alimentan con juego aéreo a Robert Lewandovski. Entonces, su mayor inquietud es pensar y estudiar cómo impedir este movimiento del rival. ¿Tendrá asegurada una efectividad del 100 por ciento? No, es imposible.
Lewandovski es uno de los mejores delanteros del mundo y, aunque uno le destine una marca persona o en zona o lo que sea, en cuanto tenga una será gol o andará cerca. No hay solución total en el fútbol. Pero hay previsiones que el entrenador está obligado a tener. Scaloni no puede ni debe dejar de prever que la mayor virtud de Polonia es el juego por arriba.
Tampoco le puede ser indistinto que el rival presente uno o dos centrodelanteros, como lo ha hecho muchas veces y por eso es que sus cavilaciones andan entre poner dos (Otamendi - Romero/Lisandro Martínez) o tres (Cuti - Otamendi - Lisandro) zagueros centrales, mantener a Guido Rodriguez porque mide 1.85 metro pese a la irrupción maravillosa de Enzo Fernández, poner a Tagliafico por Acuña y hasta pensar en el 1,88 metro de Foyth para darle el lateral derecho.
El hecho de preocuparse por Polonia no impide preocuparse por Argentina, por supuesto. Hasta que Messi hizo el gol del alivio, Argentina fue una continuidad de los 50 minutos posteriores al segundo gol de Arabia Saudita. La pelota no circuló con fluidez, el movimiento de meter a Guido Rodríguez entre los centrales alejó al volante central de la zona de gestación y, a su vez, esto obligó a Mac Allister a retrasarse más de la cuenta. Lo del segundo tiempo fue más favorecido por el retraso por cansancio de México que por mérito argentino. El gol de Messi nos sacó del pozo.
Y en esto, está basada otra duda de Scaloni. ¿Pone a Guido Rodríguez para cuidar a los gigantes polacos o se sube a la ola de Enzo Fernández para tener la pelota más tiempo y atacar partiendo desde zonas más altas, aún a riesgo del salto de líneas y contraataque polaco? ¿Sigue con Lautaro Martínez, que no hizo goles y tiene un tobillo complicado o le da la chance a Julián Álvarez? Di María, Messi, Otamendi y De Paul no se tocan, lo sabemos desde siempre.
Todo está por resolverse. Scaloni hace bien en tomarse su tiempo para evaluar a propios y extraños. Nunca evitará los imponderables justamente porque son eso, pero es indispensable achicar el margen de error. Si el rival tiene determinadas virtudes, hay que tratar de neutralizarlas. Y su Argentina tiene cualidades y futbolistas que pueden acentuarlas, entonces hay que ponerlos y darles funcionamiento correcto.
Parece sencillo, pero no lo es. A esta altura, pensábamos cuidar jugadores para los octavos de final y, sin embargo, la carroza se convirtió en calabaza en el primer partido. De ahí para adelante, todo fue un pantano peligroso del que, por ahora, salimos ilesos porque Messi hizo magia. Ahora hay que volver a ganar para afirmar el buen semblante y seguir el Mundial tal cual lo habíamos imaginado.
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