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Salieron a jugar defendiendo el cero que les permitía seguir en la Copa, pero, para lograr ese objetivo, un equipo tiene que realizar un planteo inteligente. Mostrar algo. Y Vélez no jugó a nada. No supo manejar la pelota y, cuando lo logró, no tuvo precisión ni claridad. Gracián prácticamente no apareció en el partido, mientras Falcón y Bustos se repartieron errores y aciertos. Sin un conductor, a Vélez le quedaba llegar por el camino del empuje o la potencia física de Federico Domínguez. Darío Husaín comenzó inquietando por derecha, pero se fue diluyendo, y Nanni tuvo que retroceder para transformarse en armador, porque la pelota no le llegaba nunca con prolijidad.
Nacional fue todo lo contrario. Jugó con inteligencia y mayor jerarquía. Coelho se hizo patrón del medio campo, y Richard Morales se convirtió en permanente preocupación, ganando siempre por derecha.
Cuando Vanzini marcó el gol con un cabezazo, el equipo uruguayo se armó bien atrás, ajustó las marcas y se dedicó a contraatacar. Cuando Vélez se dio cuenta de que tenía que cambiar de actitud, se decidió a «ir al frente». Sin embargo, lo hizo sin orden, con la misma falta de precisión y tirando centros frontales para el lucimiento de Lembo y de toda una defensa que era inexpugnable.
Vélez no tuvo orden, tampoco claridad y nunca mostró una dinámica definida de juego. Se tuvo que despedir de la Libertadores con la cabeza gacha y algunos insultos de su gente.
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