- Ariel, necesito un entrenador. Ricardo Rivera va a ser mi manager. Me gusta mucho como trabajás y me gustaría que me digas cuánto querés ganar.
Ruiz y Vilas, a principio de los 90. El marplatense hizo un último intento por jugar al tenis.
- Ariel, necesito un entrenador. Ricardo Rivera va a ser mi manager. Me gusta mucho como trabajás y me gustaría que me digas cuánto querés ganar.
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La siguiente reunión, al día siguiente, arrancó con la pregunta obligatoria y, como tal, imposible de eludir.
- ¿Pensaste lo que te dije?
- Sí, necesito esto para vivir.
- Sos la primera persona que no me quiere sacar dinero.
Guillermo Vilas quería intentar una última avanzada sobre los courts de tenis. Tenía que definir quién iba a ser su entrenador, y el “Poeta” se sentía cómodo con Ariel Ruiz, con quien había hecho varias semanas de pretemporada.
Era el año 1990 y el tenis mostraba los primeros bocetos de su fisonomía actual: potencia, velocidad, puntos cortos. El mejor tenista argentino de la historia hacía un tiempo que no competía y decidió probar suerte en algunos Challengers y torneos ATP. Por aquellos días, Ruiz era un exjugador que se había retirado joven y formaba parte de la academia que tenía Modesto Vázquez en KDT.
“Íbamos a empezar una pretemporada en enero y un día ‘Tito’ me dice que iba a venir Vilas a hacer una pretemporada de dos meses. Era mi ídolo”, rememora el coach desde México, donde vive desde hace tres años, cuando asumió la dirección del Club Deportivo Potosino, uno de los más importantes del tenis azteca y sede del tradicional Challenger de San Luis Potosí que se juega en Semana Santa.
Vázquez le marcó al prócer nacional que ocupara la cancha del entrenador de sólo 25 años. “Pegamos muy buena onda el primer día, se comportó muy amable, muy simpático. Después de entrenar unas horas, se fue. Al otro día pidió ir a mi cancha, porque le había gustado cómo trabajaba”, le cuenta Ámbito tras un largo día de competencia de su pupilo en Monterrey.
Ruiz dejó el tenis a los 19 años porque se le hacía imposible viajar. Tras el retiro fue asistente en la academia de Ferro, donde luego conoció al excapitán de Copa Davis. A partir de allí comenzó una historia de viajes por el mundo, rock, jet set y, fundamentalmente, mucho tenis.
- ¿Te gusta el rock?
- Sí, me encanta
- Hoy a la noche toca tal banda en tal lugar a las diez de la noche. Nos encontramos a las ocho en la pizzería de enfrente con amigos. Comemos algo y después nos cruzamos. ¿Querés venir?
Así terminó el segundo día de práctica del marplatense, que incluyó una cena, un recital y la posibilidad de conocer a Pappo. La complicidad con su coach fue innata. Luego de algunos viajes a Europa, el ganador de cuatro torneos de Grand Slam le propuso formalmente que trabajen juntos, algo que Ruiz no dudó. La música fue el nexo ideal para sustentar la relación.
“Tenía 25 años y tocaba el cielo con las manos. Así me hice amigo de él. Nos unió mucho, además del tenis, el afuera de la cancha, algo que es muy importante. Si no tenés afinidad afuera, es muy difícil”, amplía.
Entre 1991 y 1992 -cuando se retiró aunque nunca lo anunció-, Vilas jugó un puñado de torneos Challengers y dos ATP en Atlanta y Bordeaux, con sólo cuatro victorias. Sus últimos tres partidos los disputó una vez que había cumplido 40 años.
¿Qué se le puede corregir a uno de los diez mejores jugadores de la historia? “Después de un año y medio sin competir, a la edad que tenía él, no era tan fácil volver. Y agarró la época en que aparecieron los sacadores, el tenis más rápido. Él sabe mucho de tenis, pero es muy difícil corregirse a uno mismo. Obviamente yo no miraba la técnica, más que nada era la táctica y tenerlo a full”, detalla.
En la mente de Vilas todo estaba organizado. Sólo faltaba comunicarle a su flamante entrenador los próximos pasos.
- ¿Dónde vamos?
- Nos vamos en dos semanas a Nueva York. ¿Tenés visa y pasaporte?
Ruiz no tuvo tiempo de organizar casi nada, pero Vilas le había asegurado que él se encargaba de todo. La promesa fue literal. “Tenía que renovar todo. Pero con una carta de él se hacía todo en un rato. Él me hizo una carta de puño y letra para el cónsul de Francia y me dieron todo en el mismo día”, explica entre risas.
La dupla hacía base en Manhattan y en París, lugares donde el ganador de 62 títulos ATP tenía casas. Allí compartían mucho tiempo entre prácticas, música, películas y otras manifestaciones de arte. En su primera jornada en Nueva York, el ahora director vio por primera vez MTV y descubrió la movida grunge que había surgido en Seattle. Un shock cultural enorme, según sus propias palabras.
Para esa época, Vilas era, en su expresión más exacta, una estrella de rock. O más bien del house, porque meses antes había debutado como cantante con el disco “1990”, que significó una plataforma de despegue para dicho género en el país. Pero también lo era por su fama e idolatría popular, algo a lo que “Willy” no le escapaba. Según Ruiz, “nunca le molestaron las fotos, los autógrafos, le encantaba ser reconocido. Siempre manejó muy bien la fama. Jamás se quejó, al contrario, te acercabas y se quedaba hablando”.
En paralelo a sus últimas danzas sobre el polvo de ladrillo, el marplatense, que ya tenía dos libros de poesía publicados, desandó el camino del hard rock con Dr. Silva, fundada junto a Julio Sáez, entonces guitarrista y actual manager del “Indio” Solari. Esta formación cayó de otra manera en la música vernácula. “Yo creo que no lo tomaron en serio porque venía de otro palo. Tenía otra cabeza, adelantadísimo a todo. Creo que hubo un prejuicio muy grande”, explica Ruiz.
- Guillermo, toca Metallica en New Jersey
- ¿Querés ir a verlos?
- ¡Si! ¿Conseguís entradas?
- Esperame
La charla por teléfono, amistosa, sincera, con preguntas por una y otra familia, duró unos 20 minutos. No era necesario más tiempo.
- Ya te arreglé todo
- ¿Con quién hablaste?
- Con Lars Ulrich, el baterista
Vilas tenía relación con el músico a través de Torben Ulrich, mítica figura del tenis de los 70 y padre del fundador de Metallica. La vida de Ruiz era así de vertiginosa. Por el “Poeta” conoció a todos los integrantes de la banda de heavy metal y hasta le regaló una gorra de Stevie Ray Vaughan al bajista, jugó con Lars Ullrich y con Mark Knopfler, líder de Dire Straits, y entrenó a decenas de famosos. Una vez concluida su etapa de coach, el propio emblema nacional le propuso que trabaje con él en el Racket, que por aquellos años llevaba el nombre del marplatense.
“De repente me encuentro dándole clases a modelos, a Claudia y Dalma Maradona, a la esposa de Ricardo Darín. Dos años seguidos le di clases a Shakira cuando venía a Argentina a tocar. Era fanática del tenis, jugaba varias horas por día, incluso el mismo día que cantaba”, evoca para este medio.
Ruiz asegura que tras una infancia muy difícil, el tenis lo refugió. “Por suerte me crié en un club. El deporte es muy importante para los niños”, elabora. Pese a que “quemé de muy joven”, nunca se desligó de esta disciplina. Por eso llegó a recorrer el mundo junto a sus dirigidos. Durante siete temporadas entrenó a la peruana Bianca Botto, a quien dejó al borde del Top 100 de la WTA. La aventura lo llevó a California durante cuatro años y luego recaló en China para entrenar a un joven por recomendación de Guillermo Cañas.
De vuelta en Buenos Aires, se sumó al equipo de Andrés Schneiter y entrenó a Juan Ignacio Londero y, principalmente, a Federico Coria. Pero buscaba un cambio rotundo para su carrera. Entonces llegó la oportunidad de dirigir al Club Deportivo Potosino, hacia donde emigró en julio de 2019. El extenista reconoce que al principio le costó adaptarse pero que hoy su realidad es muy diferente y que hasta podría quedarse a vivir allí.
Atrás quedaron las épocas de viajes con Vilas, a quien considera uno de sus mejores amigos. “Viví en su casa y pasé 15 Navidades con él. Soy muy agradecido a Guillermo”, se emociona. El epílogo de una historia de rock queda a cargo de una letra nacional. Alguna vez La Renga se preguntó: “¿a dónde me lleva la vida?”.
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