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19 de agosto 2026 - 07:00

Apertura económica: qué enseña el caso chileno sobre los riesgos de avanzar demasiado rápido

Día a día trascienden nuevos despidos y cierre de empresas locales, a la par del boom energético y minero. La forma en que se encaró la apertura de la economía sigue generando ruido y debate. La experiencia chilena aporta algunos indicios.

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Apertura económica: el caso chileno, ¿un espejo donde mirarse?

El cambio de régimen, o más bien, de modelo económico que impulsa el Gobierno libertario tiene, entre uno de sus principales ejes de debate, el tema de la apertura económica que hoy, según voces críticas, está haciendo añicos a la industria y el comercio local. Ya mucho se debatió el dilema gradualismo vs shock en la era Macri, sin embargo, dado que la economía argentina aún está en una fase de transición, bien vale la pena recurrir al caso chileno para tener alguna referencia histórica de una experiencia similar, a la hora de comparar transiciones, entre una muy rápida vs otra gradual, ordenada y pragmática.

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Se suele dividir la estrategia neoliberal de la dictadura de Pinochet en dos períodos, separados por la crisis financiera de 1982. La primera comprende entre 1973 y 1981, constituye un ejemplo de ortodoxia o neoliberalismo en su forma más pura o extrema. La segunda desde 1982 hasta 1989, consistió en una política que, dentro del mismo enfoque general, introdujo numerosas intervenciones heterodoxas. Como explica el economista chileno, Ricardo Ffrench Davis, estas intervenciones se vieron impuestas por la gravedad de la crisis resultante de las políticas más ideológicas de la primera mitad. Por eso suelen calificar la segunda parte como de un neoliberalismo con cierto pragmatismo, “lo cual es positivo, en la medida en que se percibe el propósito de adecuarse a la realidad de la economía”.

Sobre el desembarco de los famosos Chicago Boy’s y sus políticas económicas, Hermógenes Pérez de Arce, estrecho colaborador de El Mercurio, recuerda que al empresariado tradicional le costó entender el modelo de economía libre, según relata el escritor chileno Carlos Tromben. Explica que estaban acostumbrados a entenderse con los funcionarios y conseguir precios fijados altos, aranceles para productos de su competencia externa, cuotas de importación y similares, en pocas palabras, le temían a la libre competencia con el resto del mundo.

Dicho esto, en este contexto resulta interesante bucear en un análisis del Estudio Broda sobre las dos grandes fases de apertura económica chilena y cómo se comparan la transición rápida de los Chicago Boy's (1974/82) vs la gradual de Hernán Büchi (1985/89) y sus consecuencias sobre la economía real y la población.

La reducción radical y rápida de aranceles (de >100% a cerca de 10%), la privatización masiva de empresas públicas y eliminación de controles de precios, la liberalización financiera y laboral sin redes de protección social, y un tipo de cambio fijo y apreciado, generando presión sobre la industria local.

Ahora bien, cuáles fueron los impactos sobre la economía real: según el estudio, la apertura abrupta de los Chicago Boy's expuso a las empresas locales a competencia internacional de manera inmediata, sin tiempo de adaptación ni protección. “La apreciación del tipo de cambio y la liberalización financiera rápida hicieron que muchas empresas no competitivas tuvieran que enfrentar importaciones más baratas, deuda en dólares más cara y caída de precios internos, lo que generó quiebras masivas (unas 800 empresas en 1982)”, relata el estudio. Destaca el hecho que el desempleo superó el 20%, por la pérdida masiva de fuentes laborales, especialmente en Pymes y sectores internos. “Las quiebras no fueron inevitables, sino la consecuencia de un shock combinado de apertura comercial y desequilibrios macroeconómicos, incluyendo déficit fiscal previo, tipo de cambio fijo y altas tasas de interés, sin medidas de compensación ni redes de seguridad”. Por otro lado, las ayudas estatales fueron puntuales y limitadas, principalmente programas de empleo de emergencia. Así, “la economía sufrió una recesión profunda en 1982, con contracción del PBI del 14%, concentrada en los sectores menos competitivos y coincidiendo con el pico de quiebras y desempleo”.

Una devaluación gradual del peso para recuperar competitividad y favorecer exportaciones, la reducción de aranceles ordenada y anunciada, con reglas claras para empresas e inversores, la disciplina fiscal y estabilidad macroeconómica vía control del gasto y reestructuración de deuda. En cuanto a la apertura comercial, fue profunda pero coordinada, acompañada de políticas orientadas a: incentivar exportaciones y competitividad de sectores estratégicos; facilitar acceso a crédito vía líneas de crédito y programas de garantías para exportadores y sectores productivos estratégicos y condiciones más favorables (plazos más largos, amortizaciones flexibles, tasas competitivas y reducción de riesgos para proyectos productivos -no subsidios directos-). También se estimularon las inversiones privadas con seguridad jurídica y reglas claras, con previsibilidad fiscal y cambiaria para planificar a largo plazo, la reducción gradual de barreras comerciales con anticipación, evitando shocks inesperados, más incentivos fiscales puntuales para inversiones en sectores estratégicos o exportadores, incluyendo amortizaciones aceleradas o beneficios temporales.

Entonces, cuál fue el impacto sobre la economía real: el estudio da cuenta que la industria y el comercio tuvieron más tiempo para adaptarse, reduciendo quiebras masivas, el empleo comenzó a recuperarse, especialmente en sectores exportadores competitivos, las políticas de crédito y los incentivos a la inversión facilitaron expansión productiva, promoviendo maquinaria, tecnología y capacidad exportadora.

Como resultado, destaca el estudio, que la apertura fue gradual, coherente y predecible, evitando crisis financieras profundas; se consolidó el “milagro chileno”, con crecimiento económico sostenido, fortalecimiento de exportaciones y mejora progresiva de indicadores sociales a largo plazo.

Por ende, concluye que “la primera apertura fue abrupta, generando quiebras, desempleo masivo y fuerte impacto sobre la economía real, como consecuencia directa de la exposición inmediata a competencia internacional combinada con desequilibrios macroeconómicos y déficit fiscal previo, sin redes de protección”; mientras que la segunda apertura, bajo Büchi, fue gradual y coherente, integrando apertura comercial, disciplina fiscal, devaluaciones prudentes y políticas de crédito e incentivos a la inversión productiva con condiciones favorables, lo que permitió que los sectores productivos se adaptaran y se consolidara el crecimiento económico sostenido conocido como “milagro chileno”.

De modo que la clave, afirma, es que la diferencia central no está solo en la velocidad de la apertura, sino en la coordinación de políticas, previsibilidad y apoyo a la inversión productiva, reduciendo los costos sobre la economía real y facilitando una transición exitosa.

Ffrench Davis, en uno de sus libros sobre luces y sombras del experimento chileno señala que “uno de los méritos de las políticas del sexenio 1990/95 -bajo la presidencia de Aylwin- fue su exitosa resistencia a la tentación de acelerar el abatimiento de la inflación -tentación a la cual sucumbieron Argentina y México antes de sus crisis de 1995-, vía una mayor absorción de capitales financieros externos, apreciación cambiaria y, por consiguiente, un mayor déficit externo, y la generación de vulnerabilidades que invitaban a crisis y recesiones”.

A veces ya no es eficaz invitar a “aggiornarse” por las buenas a las nuevas reglas de juego, siempre hay un “pero” o el pedido de tiempo para adaptarse tras décadas de proteccionismo, sin embargo, la evidencia histórica luce muy ilustrativa sobre los pros y contras de ir a distintas velocidades. Veremos cómo sigue la transición.

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