Deberá ser Néstor Kirchner, cuando se entreviste con Luiz Inácio Lula da Silva en Nueva York, la semana próxima, quien frene la presión brasileña para sostener la división internacional del trabajo que supuso, históricamente, un Brasil industrial y una Argentina agraria. El viaje de Roberto Lavagna a Brasilia días atrás sirvió de poco, más allá del marketing, para equilibrar efectivamente esa balanza regional que requiere ser emparejada. Por eso Kirchner destinará su viaje a la Asamblea General de la ONU a discutir con Lula sobre dos cuestiones centrales. Una, la prórroga en la vigencia del acuerdo de comercio regulado de automotores, que vencerá en 2006. La otra, la ampliación del gasoducto patagónico que Petrobras no quiere encarar. La salida que encontró el gobierno es pedir financiación al Banco de Desarrollo de Brasil (BNDES). Pero esa entidad aclaró que, como se fondea con el sueldo de los empleados brasileños, sólo puede financiar empresas de ese país, que serían las que realicen la obra de ingeniería. Claro, en la Argentina las constructoras responderán a esa presión brasileña poniendo el grito en el cielo. Este es uno de los aspectos delicados del problema que deberá discutir Kirchner con Lula en un viaje a Estados Unidos que, por lo demás, es casi protocolar.
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En rigor, su llegada a Nueva York, donde permanecerá cuatro días, tiene otro motivo poco estimulante: Kirchner deberá servir de coro a la estrella de la hora, Luiz Inácio Lula da Silva, quien relanzará bajo los reflectores internacionales su programa Hambre Cero. Cincuenta jefes de Estado, entre ellos Kirchner, rodearán a Lula para que universalice un plan de asistencia social. En beneficio de la verdad, hay que decir que en Brasil ese programa alimentario, con el que la izquierda brasileña hizo toda su campaña, se desdibujó enormemente a pesar del marketing en que estuvoenvuelto desde los albores del gobierno del PT (tanto cayó la imagen de ese programa que risueñamente se habla de que ahora el gobierno lanzará el plan Sed Cero).
Si existe alguna rivalidad larvada entre Lula y Kirchner, la escena neoyorquina debería limarla. Curiosidades de esta relación: también el año pasado el palacio de cristal de las Naciones Unidas sirvió para la reconciliación entre ambos. En efecto, los cabos sueltos que dejó el paso de Roberto Lavagna por Brasilia el jueves último deberán ser anudados por los presidentes en su encuentro por la Asamblea General de la ONU. En otras palabras, el viaje de Kirchner podría terminar por definir la postergación del régimen de comercio administrado automotor (que en los papeles vence en 2006) y la financiación de la ampliación del gasoducto General San Martín, las dos cuestiones que quedaron pendientes en las negociaciones del ministro de Economíacon sus colegas brasileños.Petrobras se niega a hacerla y el Estado brasileño pone condiciones ultraproteccionistas para concretar la obra.
Los Kirchner, mientras tanto, se pasearán por varias organizacionesacadémicas y sociales. Serán recibidos casi seguramente por las autoridades del Congreso Judío Mundial, una entrevista que gestiona en estos días Eduardo Elsztain (Grupo IRSA) ante su socio Edgar Bronfman, presidente de esa institución tan gravitante. También el Consejo para las Relaciones Exteriores recibirá al Presidente. Se trata del organismo privado, académico-político, más importante para la elaboración de la política exterior norteamericana.
Para la agenda local existen dos materias principales para el viaje de Kirchner. Una tiene que ver con las negociaciones de la deuda. ¿Recibirá el mandatario a representantes de la comunidad financiera que se interesen por la oferta de reestructuración de la deuda soberana argentina? En la Cancillería preparan muy discretamente un encuentro. El otro nudo a desatar es menos intrincado: tal vez Kirchner decida en este viaje hacia dónde inclinar la balanza del poder argentino en los Estados Unidos. Es decir, acaso defina la suerte de José Octavio Bordón, el embajador, amenazado desde hace un par de meses por la presencia de un oficialista como Héctor Timerman en el Consulado de Nueva York.
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