14 de septiembre 2004 - 00:00

Cómo Argentina desafió a los analistas

Arreglar un sistema financiero es más fácil en las palabras que en los hechos. En el caso de la Argentina, la mayoría de los analistas a fines de 2002 pensaban que esa meta era casi imposible. Sin embargo, 20 meses más tarde, los bancos argentinos están repletos de liquidez, pérdidas considerables se convirtieron en ganancias modestas, los accionistas están recuperando su capital, y el crédito hacia el sector privado creció 40%, su más rápido crecimiento en más de una década. Si la economía quiere dejar atrás la recesión de 2002 de manera confortable, debe rápidamente cambiar su dirección desde el dinero en efectivo (el principal combustible después de la recuperación hasta el momento) hacia el crédito. Sólo un sistema bancario saludable puede hacer este crédito disponible y por tanto, garantizar un crecimiento sostenible en el futuro. Los hechos demuestran que la estrategia de curación del Banco Central está funcionando.

Hubo, por supuesto, buenas razones para el escepticismo a principios de 2003. Alrededor de tres cuartos de los depósitos bancarios estaban congelados, no había recursos públicos o privados disponibles para recuperar el capital de los bancos luego de una crisis financiera, y el más grande prestador del sistema financiero, el Gobierno argentino, estaba en mora con el Banco Mundial.

Citando estrategias exitosas de solución de crisis en mercados emergentes, la mayoría de los analistas recomendaban la terapia del shock para la Argentina. La visión del BCRA por el contrario era y es todavía que la terapia del shock no era necesaria ni viable.

No es necesaria porque la reducción de costos recomendada ya había tenido lugar durante el difícil momento que afectó a los créditos con anterioridad a la crisis de Argentina. La cantidad de instituciones financieras se redujo a la mitad a medida que el shock del efecto "tequila" en México a mediados de los 90 se expandió hacia el sur. Como consecuencia de esto, la pronunciada recesión de las instituciones argentinas que sobrevivieron durante el período 1998-2002, como estrategia, principalmente redujeron las sucursales y el número de empleados, cuyos porcentajes declinaron más del 10 por ciento en dicho período.

La terapia del shock tampoco es viable. El dinero público es difícil de obtener cuando el porcentaje de la deuda del país comparada en términos del producto bruto interno se acerca al 100 por ciento, mayor que en hechos comparables utilizados como referencia. En cuanto al dinero oficial, que es esencial para muchos de los esfuerzos de reestructuración de bancos durante la década pasada, los cheques se dirigieron en la dirección opuesta en el caso argentino. Desde el abandono de la convertibilidad entre el peso argentino y el dólar estadounidense, Argentina ha efectuado pagos netos por más de 3 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional, comparados con un promedio de más de 6 mil millones de dólares (€4.9 mil millones) en desembolsos por parte del Fondo a los países de mercados emergentes golpeados por la crisis desde la debacle de México a fines de 1994. Además, mientras México tenía 50 mil millones de dólares en ayuda externa a su disposición para hacer frente a su crisis financiera diez años atrás, Argentina realizó pagos netos en más de 8 mil millones de dólares a las instituciones internacionales desde principios de 2002.



El Banco Central eligió focalizarse en el futuro en lugar del pasado. Miramos hacia delante y concluimos que el potencial para el crecimiento estaba allí y que todos los bancos necesitaban una serie de reglas apropiada para prosperar en el futuro. Estas nuevas reglas dio a los bancos tiempo para enfrentar las pérdidas ocasionadas por la crisis, les permitió evaluar el poder crediticio de los prestadores sobre los futuros flujos de caja, en lugar de su experiencia durante la crisis, trataron a todos los bancos y prestadores de igual modo y eliminaron las limitaciones excesivas, liberando el potencial de los bancos para obtener nuevamente su base de capital desde las ganancias retenidas. La recuperación económica sólida y las tasas de interés más bajas brindaron un antecedente sano para un cambio en el sistema financiero. A nivel nacional, los superávit fiscales que superaron ampliamente las expectativas, han mejorado el poder crediticio de los bonos soberanos a los cuales la mayoría de los bancos están expuestos, mientras que los superávit locales permitieron a los gobiernos provinciales empezar a recapitalizar a sus bancos públicos, que alguna vez fueron el talón de Aquiles del sistema bancario argentino.


Un año atrás cuando Kenneth Rogoff, economista principal del FMI en ese momento, cuando se dirigió al Fondo Monetario y al Comité Financiero en Dubai, mencionó la mejora incipiente en el crecimiento global como "la mejor recuperación que el dinero puede comprar." La mayor parte de la discusión que se viene en las reuniones anuales de primavera del FMI y el BM se centrará en si la recuperación global es lo suficientemente robusta como para permitir la remoción de los estímulos fiscales y monetarios. Esa no es una prueba que la recuperación bancaria de la Argentina tenga que enfrentar.


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