«No descartamos la posibilidad de lanzar una marca propia, nacional. Por ahora, tenemos la licencia de Yves Saint Laurent por tres años más; después consideraremos otras opciones.» Consciente de que su principal activo, la marca del diseñador francés, ha decidido cerrar todas sus franquicias en el mundo, Mario Siganevich -CEO del grupo Siganevich Pinto- piensa en qué hará en caso de que sus representados decidan hacer en la Argentina lo mismo que en el resto del planeta. En cambio, de su otra marca licenciada, Christian Lacroix, ampliarán su red de tiendas exclusivas que superará en número a las de YSL. Siganevich-Pinto tiene YSL desde hace 26 años, y en 2001 incorporaron la marca Christian Lacroix no sólo para ampliar sus negocios sino para cubrirse de la posible salida de Saint Laurent. Curiosamente, Lacroix es propiedad del grupo LVMH, dueña de casi todas las grandes marcas francesas (desde champagne hasta las carteras más famosas), e YSL de su competidora PPR, que también tiene en su «establo» a Gucci.
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La política de casi todas las marcas de diseñadores franceses, siguiendo la línea impuesta por sus pares italianos, es dejar de fabricar localmente, cerrar todas las franquicias y tener una boutique por cada gran ciudad del mundo que lo justifique. YSL adoptó esta política desde 2000, en línea con lo que había hecho su «hermana» Gucci, asolada por falsificaciones y multitudes de licenciatarios que no mantenían la calidad. «Cayeron todas, menos nosotros que renovamos hasta 2007», se enorgullece Siganevich. Su cadena tiene hoy nueve tiendas propias, y presencia en una decena más.
Siganevich relata cómo obtuvieron la segunda licencia: «YSL tenía un gerente regional, Christophe Gerard, que se fue a trabajar a PPR, y nos ofreció Lacroix, que era de mujer exclusivamente. Le dijimos que nosotros sabíamos de ropa de hombre, y nos respondió que estaban dispuestos a probar. Así fue que nos convertimos en la única franquicia de indumentaria masculina de Christian Lacroix del mundo». Agrega que Gerard recorrió toda América latina en siete días, y decidió dar licencias sólo en Chile y la Argentina. Hoy Lacroix ya representa 40% de las ventas del grupo, pero con la apertura de dos nuevas tiendas -que se agregarán a las actuales cinco- esa proporción llegará a 50%.
En la actualidad casi 100% de las prendas que venden en sus boutiques son de fabricación nacional, «aunque hechas de tela importada en 80%, porque con la crisis quedó sólo una fábrica de tela para sastrería, y no dan abasto», dice. Obviamente, ya no tiene sentido, por caso, traer corbatas de Italia: «Importamos la tela, las hacemos acá y se venden a 30% de lo que saldría la importada», reconoce. Y a pesar de que sus precios serían altamente competitivos en el exterior, están casi imposibilitados de exportar en virtud del acuerdo de licenciamiento. «La idea de Christian Lacroix, en 2001, era que también nos hiciéramos cargo de Brasil, pero vino la crisis y eso quedó para mejores épocas», cuenta el empresario.
En relación con una posible marca propia, Siganevich reconoce que es un viejo proyecto, «pero no para ahora. Con mi socio lo pensamos todo el tiempo, pero siempre el país nos dio una sorpresa y tuvimos que postergarla...».
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