La «estampita» creada por Duhalde y la curia alrededor puede haber generado la más depresiva de las imágenes pensando en la solidez del gobierno. Daba la sensación de quien confiesa que todo queda en manos de Dios, apelando -de paso- a lo mismo que quiso apelar De la Rúa, un día antes de irse: esa suerte de agónica «unidad nacional» y que tiene particulares condiciones. Esto es, que vayan todos, pero sin olvidar quién es el que manda y el que debe figurar como jefe de esa unión. No es casualidad que con inmediatez a esto, el dólar se vio sumamente recalentado en las pizarras y surcando por la línea de los dos pesos, fagocitando como pasto seco los ocho millones que el Central arrojó para detener la escalada.
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En tanto, el país se veía conmovido por ataques concretos y a mansalva sobre entidades bancarias de todo tipo, ya sin ningún principio de simbolismo. Tanto veían caer sus vidrieras sucursales de los bancos oficiales, como de privados nacionales y banca extranjera. Ambito Financiero bien mencionaba en la tapa de esa mañana, el martes, que si se hubiera dejado a los bancos arreglar al menos con los depositantes más importantes, condiciones que el Estado no puede sancionar de modo general, acaso las presiones se hubieran ido disipando. A cambio, tenemos en esta semana un principio de fuegos expandidos por toda la República y hasta en la pacífica Casilda (población muy cara a los sentimientos y raíces de este columnista) se vieron escenas, que nunca esa bella ciudad santafesina hubiera imaginado. Ya las teorías de los activistas y de movimientos promovidos, pagos, o concertados, se derrumba por sí sola, ante los estallidos geográficos sin ningún punto de relación entre sí y donde se ve a verdaderas «puebladas», que involucran a mayores y menores con una furia que se desborda. La imagen de un Duhalde con cara de monaguillo, visiblemente achicado desde cuando asumiera, no era justamente la del líder capaz de cabalgar el potro salvaje argentino. Y, es axioma de los rodeos, «si el potro no está domado, el jinete será cambiado...».
¿Dónde estamos yendo? Contestarse esto es de temer. Puede darle ganas a uno de armar las valijas de apuro y salir hacia donde sea. Con una paz de cementerio que se hizo mucho más lapidaria que cuando lo decíamos para otros mandatos. Desde hace tiempo y cuando se solazaban con los «indicadores argentinos» (que únicamente señalaban un rigor mortis de nuestra economía). Esto es un cementerio en cuanto a la actividad, a la recaudación, a la anarquía que impera en la cadena de pagos. Pero, en ebullición en lo que hace a lo social. Mientras, esta columna que era de Bolsa, ha debido refugiarse en temas más amplios: porque la protagonista no tiene obra para interpretar. Ni siquiera puede correr el telón...