Retomamos la recordación de lo que fuera el peor de los cracs en la historia de nuestra Bolsa, seguramente también la gran bisagra -1949- en la continuidad de los mandatos consecutivos de Juan Perón, su modo de hacer política y economía. Una de las facetas que más pueden servirnos hoy, ya que estamos en medio de este infierno moderno, es cuánto cuesta volver a recuperar la confianza y la fuerza positiva de un mercado, cuando se lo ha maltratado. En febrero de 1949 se abre la tierra en el viejo recinto de la Bolsa de Comercio, el torrente bajista y la burbuja que estalla arrastra todo. La estadística da cuenta de que recién para 1953 se produce un inicio de lo que puede llamarse «bonanza» para la inversión en títulos privados.
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Como nada surge por generación espontánea en los mercados, hay que retroceder a la década del '30, para comprender actitudes posteriores con gruesos errores. Y que, después del crac de 1929 en el mundo, todo se iba reacomodando lentamente y, al llegar a 1938, nuestra plaza parecía andar queriendo engarzar buena tendencia. Pero estalla la Segunda Guerra y, ante el golpe terrible para el mercado de riesgo, el gobierno anuncia que será tomador de «toda cantidad de títulos que se le quieran ofrecer...» (Del 24 de agosto, al 6 de setiembre, compró por m$n 33 millones). Que luego, más calmo el ambiente, fue devolviendo, gradualmente. La Comisión de Valores de la época recomendaba a las empresas no emitir y todo se manejaba en cierto orden. Pero, al caer Francia se reitera el pánico... y otra vez sale el gobierno a comprar (en tres meses, tomaron papeles por m$n 77 millones). Cuando entra en el conflicto Estados Unidos, hay otras «corridas» y debe asumir m$n 93 millones (valor nominal). Para finales de 1942, había logrado colocarlos de vuelta.
¿Qué expresa esto? Que al haber salido bien la intervención oficial, acaso se creyó en un mecanismo sensacional para evitar -de allí en más- los cracs bursátiles. Salir el Estado a tomar en las grandes bajas, después devolver esas posiciones y hasta haciendo diferencia. Pero, la reiteración del mecanismo y ya con un pomposo instituto formado -el IMIM- que decía ser, en su sigla, «Mixto de Inversiones Mobiliarias», apareció en los locos años del '47 en adelante: como si fuera un Robocop siempre listo a intervenir, como antes, y anular las bajas. Otra lección a entender: hay que evaluar y juzgar los efectos, según las causas y no de modo automático. En caso de un conflicto mundial, exógeno al mercado, con mucha carga psicológica al margen de los valores: se podía salir a limpiar la plaza, hasta que ésta se tranquilizara. Pero, frente a burbujas muy propias, de orden económico y bursátil, de controles muy laxos y despreocupados, la aparición de un comprador permanente, y de color estatal: lo convierte en una aspiradora que deberá dejar pasar muchos años, para devolver eso a una plaza que se quiebra desde adentro y desde los excesos. (Seguimos.)
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