Se movieron velozmente las nuevas autoridades de la Bolsa de Comercio, en este caso -en una mejor señal- aunados a directivos del Mercado de Valores y para concurrir a entrevistarse con la cúpula de la Comisión Nacional de Valores. El motivo esencial: que se aprueben nuevos instrumentos para ampliar la base de negocios que se realizan por nuestro sistema Institucional. Y valga la mayúscula a la palabreja, porque en tiempos como los que corren, es clásico que se empiecen a formalizar canales paralelos de todos los colores de circulación de dinero. No es necesario, seguramente, detallar el variado «menú» de exquisiteces marginales de que dispone cualquiera que posea algún dinero, en épocas tan críticas. En otras, mucho menos delicadas que las actuales, ya resultaba todo un circo financiero el que se armaba al amparo de tipos de cambios, inflaciones, indexaciones, bonos públicos, bicicletas bancarias, bursátiles, financieras, legales y de las otras. Y muchas de las legales, ciertamente ilegítimas, o francamente inmorales. Que no solamente se cae en infracciones contra una sociedad cuando se hace algo llamado «ilegal», que esté incurso en alguna letra no ambigua (de nuestro, generalmente, ambiguo código penal). Muchos de los mecanismos que se instrumentan, casi siempre de grandes estudios para grandes corporaciones, resultan a todas luces contrarios al interés social, al crecimiento sano de un país, a la expansión de una economía. Como solía decir el legendario (y pirata) JP Morgan (padre). «Yo no le pago a mis abogados para que me digan cuál es la ley sino para que me indiquen cómo eludirla...». Que la ley sea para los otros, es uno de los principios que quizá más hemos aplicado en la Argentina, hasta que todos entramos por la misma tónica y por allí la sociedad se carcomió desde adentro. Lo que suele pasarle a los grandes imperios, lo que determina su caída por más poder que detentan. (La diferencia es que nosotros no éramos nada, pero con los vicios de los grandes...) Y, volviendo al punto, el sistema bursátil local es todo un milagro de existencia. Acaso sea para elogiar que haya mantenido cierto orden, que se haya adaptado a las circunstancias, y que todavía abra sus ruedas día tras día... Solamente de leer notas editoriales como la del economista Gabriel Rubinstein (en nuestro diario, del miércoles pasado) se pueden erizar las cabelleras, sobre la estimación de vida que puede quedarle a los bancos dentro de este escenario. Imaginemos qué puede ocurrir con nuestro asunto bursátil, naturalmente mucho más expuesto a todo, si es que no se consiguen más vertientes de financiación. Y esto solamente proviene de derechos de mercado, sobre activos que coticen, o también -como el pedido- sobre una dinámica como la del «contado»: que fue suprimida en un contexto, pero que parece ser apta hoy, con lo que se vive. No dejar lugares vacíos a lo marginal: una buena premisa.
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