Para el equipo económico, reconocer en los balances la inflación representa incorporar una «indexación», que unido a otros conceptos ya comentados, llevan a razonar que: algo que no se reconozca, no ha existido nunca. Y resulta que hubo una devaluación oficial, rompiendo una década de paridad convertible. Y detrás de ello sobrevino una devaluación mucho mayor, del mercado, que arrastró la que podría considerarse -gracias a la crisis y a que la gente se quedó con iguales, o menores, ingresos- una muy sobria etapa inflacionaria. Que se fue deteniendo solita, no por obra de ninguna eficaz gestión (como ahora parece resultar el «marketing», para un ministro al que le descubrieron hasta perfiles presidenciables) sino por aquello mismo comentado. Y cuando se hablaba de peligros de una «hiper», por la devaluación, vertíamos en esta misma columna la casi imposibilidad de eso: simplemente -único en nuestro historial- de quedarse el consumidor con iguales ingresos, salvo algún sector que extrajo gran partido del cambio y pudo aumentar salarios, sumado a muchísima gente «pudiente», que dejó de serlo por ver su dinero atrapado. En tales «milagros», o ponderables «gestiones» de funcionarios, se basó el techo que la misma gente le colocó a todos los precios. Y las empresas debieron absorber parte de los costos nuevos, o resignarse a no vender casi nada. Esa sobria inflación, respecto de la devaluación, estuvo, existió en la vida real: no se sabe por qué no puede traducirse en los balances del modo más sencillo, para que no se paguen por ganancias irreales. Y ahora, lo último, es la aparente propuesta de querer bajar unos puntos el «Impuesto a las Ganancias» de modo lineal: igualando a ricos y menesterosos de los negocios, a sectores florecientes y a los que siguen penando. Del otro modo, ubicando cada uno en sus propios números el efecto inflacionario, pagarían más los que obtuvieron regios saldos y menos los que no captaron mucho brillo del cambio.
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Esa perniciosa, inextinguible, tendencia argentina a querer realizar igualaciones rasas, o a eliminar el «riesgo del negocio» (como si la quiebra fuera palabra de otros diccionarios), con tal de que no se le produzcan manifestaciones: solamente deriva en chocolates cada vez más espesos, a los que se les agrega desde los mismos puestos de poder y decisión, el elemento para que se hagan más densos. Ejemplo último: la eliminación de los juicios hipotecarios, o las ejecuciones, donde se dijeron enunciados sobre los que después se desdijeron, en un asunto que mezcla al FMI, con el Congreso, con el presidente de la Nación, con el Ministerio de Economía. Porque se parte en una dirección hasta encontrar el primer vallado, después se cambia de vehículo y se transmite toda la confusión, a los interesados de ambas partes. Hay una vocación enorme a complicarlo todo, de lo cual emerge -como es lógico- un país tan complicado... Informate más
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