22 de noviembre 2002 - 00:00

Cupones Bursátiles

No nos convence el asunto de encontrarles razones exclusivamente a los papeles cotizantes, acaso sea un defecto de juventud, cuando viejos maestros del sistema nos conducían por los misteriosos senderos de la inversión bursátil, dándonos para la alforja algunas reglas inalterables para llevar siempre con uno. Y una de las principales era, justamente, la que indicaba que no había que reducirse a encontrarles argumentos a las acciones, sino primero al contexto. Cómo estaban las cuestiones políticas, las económicas, después las financieras. Final-mente, las del sector, para pasar por la directiva de las sociedades, terminando en valuar la acción a la que uno le apuntaba.

Los libros básicos escritos en el mundo, porque aquí siempre hubo escasa bibliografía, también remarcaban aquello de que la Bolsa no es nunca una «isla», que no produce «causas», solamente refleja sus efectos. Es un espejo de lo que suceda en derredor y más allá. Pues ahora, y en un país tan distorsionado como está el nuestro, se producen ciertos resultados de mercado que se divorcian de hechos extramuros. Aunque estos hechos tengan una relevancia directa. Cuando esto no sucede, es como para poner en recuadro. Hablamos acerca del recurso preferido de la actualidad, sobre el remanido tema del «descuento» y que es dilatado, retorcido, a voluntad de los que todo lo explican por ese único camino. De creerles, los participantes bursátiles resultan ser los grandes videntes del mundo, incorporando a los precios todo aquello que no se produjo, sea cual fuere el resultado del asunto.

No cierra. No nos cierra, al menos. Y se reiteran los arrestos de mercado en una dirección, cuando los aconteceres dirían que la otra dirección resultaba la derivación justa. El caso del sorpresivo anuncio sobre no pagar los compromisos resultó la única sorpresa acusada, pero duró una rueda. A la siguiente, la plaza se recomponía. La vuelta de Duhalde del exterior, la necesidad de juntar voluntades políticas para darle al Fondo algunas de su exigencias, culminaba con la firma de un postulado al que le faltaban las provincias que contienen a los precandidatos presidenciales más encaramados. Los anuncios en rueda de prensa no mostraban júbilo de autoridades, ni mucho menos, y la pregunta lógica era: cómo «venderle» semejante acuerdo al FMI, que preguntaría por los faltantes y próximos gobernantes con los que habrán de tratar. ¿Era una buena noticia la de Olivos? El saldo de esa rueda, mientras Wall Street seguía cayendo, daba otra suba de indicadores, con casos de siete, ocho por ciento. ¿Era para responder con entusiasmo al escenario? Salvo la fórmula ya mencionada, de «la vista gorda», todo goza de tal precariedad como que nos animamos al título del día sobre la rueda del lunes, como: «Bailando en la cubierta de Olivos...» Pero, otra regla fija dice: «Nunca discutir con el mercado». Y debemos atenernos a ella, retractarnos de nuestras dudas.


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