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Que si hubiera esperado el martes, con la parcial reacción, acaso se hubiera evitado de tener que salir a ponerle una lápida, a un mercado de oferta pública que acusó heridas serias ese día. Claro que, como todos saben, Lavagna no es Alan Greenspan, y no importa demasiado qué es lo que opine. Simplemente molesta ver a los funcionarios tan acomodaticios en sus conclusiones, siempre procurando que los separen de señales negativas. La crisis energética, problema de las empresas. La baja en la Bolsa, una «burbuja». La suba ya imprescindible de tarifas, maquilladas como una tómbola de «premios y castigos», donde es casi imposible acertar con el premio y le arrancarán la cabeza a medio mundo, con el castigo al consumo. El problema es que la verborragia alcanza como para conformar a la masa por algún tiempo, hasta designándole blancos fijos a quien culpar: pero, la realidad termina por aflorar cuando no se tiene idea, sobre la solución a los problemas. Y se empiezan a preocupar por las « turbulencias», cuando los están centrifugando y no hay tiempo para nada. En tanto, el mercado acusó la fuerte caída e intentó recomponer algo de lo perdido. Con diezmada demanda, solamente apoyándose en vendedores que no sigan presionando y jugando contra su propio dinero. Gastados instrumentos y el dilema a reconocer, con precisión, los causales. Lavagna tiene la solución: una «burbuja».



