14 de mayo 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

«Miren lo que pasó el año pasado. Era una burbuja...». Esto lo recogió este diario, como expresión de nuestro augusto ministro de Economía. La vamos a dar por válida, pronunciada -decía la nota-cuando se enteró de una baja de 8,3% en el mercado del lunes. ¿Qué iba a decir? Que, en realidad, eran otras expectativas y que no se cumplieron. Que el gobierno al que pertenece solamente ha creado frentes de enemistades, que no pudo resolver ninguno de los problemas de base. Y que, de paso, se introdujo en una crisis energética porfiando durante dos años con las empresas por las tarifas y sin tener ninguna previsión acerca del desembocar de tal política. No, no podía. A Lavagna le venía mucho mejor adosarle la baja a una «burbuja» del año pasado y separar absolutamente, que el mercado esté reflejando el desencanto interno y los problemas exteriores. Se lo podía haber remitido a Alan Greenspan (igual, la Fed está muy lejos), antes de hacer consideraciones sobre la evolución de la plaza y que si se guía por sus expresiones debería ir mucho más abajo todavía. Esto es, si 2003 fue pura obra de una «burbuja» -la expresión más terminal para juzgar lo artificial de una suba-nada de aquello alcanzado tiene ni valor, ni sostén. Pero es cuestión de esperar: si la Bolsa encuentra alguna racha positiva, que coincida con alguna medida económica no se acordará de lo dicho y saldrá a pregonar que el mercado da una «muestra de confianza en nuestra economía». Lo hicieron todos los ministros que conocimos en una treintena de años, Lavagna, podría -al menos-ser un poco más original...



Que si hubiera esperado el martes, con la parcial reacción, acaso se hubiera evitado de tener que salir a ponerle una lápida, a un mercado de oferta pública que acusó heridas serias ese día. Claro que, como todos saben, Lavagna no es Alan Greenspan, y no importa demasiado qué es lo que opine. Simplemente molesta ver a los funcionarios tan acomodaticios en sus conclusiones, siempre procurando que los separen de señales negativas. La crisis energética, problema de las empresas. La baja en la Bolsa, una «burbuja». La suba ya imprescindible de tarifas, maquilladas como una tómbola de «premios y castigos», donde es casi imposible acertar con el premio y le arrancarán la cabeza a medio mundo, con el castigo al consumo. El problema es que la verborragia alcanza como para conformar a la masa por algún tiempo, hasta designándole blancos fijos a quien culpar: pero, la realidad termina por aflorar cuando no se tiene idea, sobre la solución a los problemas. Y se empiezan a preocupar por las « turbulencias», cuando los están centrifugando y no hay tiempo para nada. En tanto, el mercado acusó la fuerte caída e intentó recomponer algo de lo perdido. Con diezmada demanda, solamente apoyándose en vendedores que no sigan presionando y jugando contra su propio dinero. Gastados instrumentos y el dilema a reconocer, con precisión, los causales. Lavagna tiene la solución: una «burbuja».


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