Enviar granos a Europa, a cambio importar maquinarias y equipos. Una vieja postal vuelve del pasado a decirnos, definitivamente, que ocuparemos el casillero del que simplemente produce materia prima, dejando lo industrial para otros. Por más que se festeje que tal tipo de mercados permitirá un mayor intercambio, no resulta la figura más deseable la de importar el «valor agregado». Andaremos sujetos a las inclemencias climáticas, pendiendo siempre sobre las cosechas. Y al valor que alcancen esos «commodities» en el futuro. Los gastos que se anuncian en ferrocarriles sirven para completar el escenario de un país que pretende volver al pasado: suponiendo que allí reencontrará la perdida felicidad. Lástima la diferencia, entre una Argentina de posguerra siendo acreedora del mundo, pateando lingotes de oro en el Banco Central, y la posición actual -en la otra punta- estando entre los más endeudados y el único en default. Seguir colocando vallas al empresario sincroniza con esa estampa de tener nostalgias por un perfil netamente dependiente del campo, o del subsuelo. ¿De qué modo se podrán atraer inversiones con la estrategia que se emplea?, pues es una cuestión que el propio FMI ha contestado. Por otra parte, seguimos poseyendo una dinámica importante en el sector accionario de la Bolsa de Comercio (que, básicamente, es un parque accionario industrial) y todo parece atado a que se llegue a un puente para solucionar la deuda. Parece ser la única atadura, como una apuesta al todo o nada: que dará razón, y fortuna, a los que estuvieron al inicio del movimiento. O dispersará traumatismos varios, en el caso de que la cuestión no salga como lo imaginado. Ya hay bastante dinero en giro en las ruedas, ya el rumor ha ganado la calle y se multiplican los viejos conocidos que reaparecen para preguntar: ¿se puede comprar en la Bolsa? Adoptar alturas de $ 80 millones por rueda, estirando el esfuerzo, compromete a tener que pasar los $ 100 millones cualquier día de éstos: si es que se desea una plaza que no cese en la subida. Hasta que el pedido por lo geométrico no es acompañado por lo aritmético, viéndose precios fatigados y un enorme desgaste de pilas para lograr diferencias menores. El camino se va complicando solo, cuando se trasvasa de ciertos montos ya el timón es más difícil de asir entre pocas carteras rectoras. Y el entusiasmo tampoco es buen consejero, cuando se convierte en euforia. Todo lo que se haga en octubre, dentro del mismo esquema, obligará a adelantar los tiempos: a que surjan los justificativos de fuste, para darle sustento a lo inmaterial del estado de ánimo y las ganas de subir. Octubre no es mes de buenos recuerdos en el mundo de las bolsas. Pero, desde la Argentina ya todo es posible, y setiembre resultó una prueba de ello.
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