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El mercado accionario está necesitando un buen conglomerado de balances de buenas cifras, tanto como para que las utilidades empresarias -accionarias- sirvan de motor a una recuperación de segundo semestre que mostró sus regios saldos en la Bolsa de julio. Todo un semestre en blanco, yendo y viniendo, consiguiendo diferencias en mayo y perdiéndolas otras vez en junio.
Sabido es que lo que gobierna una tendencia no atraviesa el puro meridiano de lo intrínseco, del argumento bursátil nato, sino de lo que llegue de los grandes hacedores de causales: la política y la economía del país, más allá de si existiera cierto argumento de mucho peso en el mundo que pudiera alcanzarnos con sus efectos.
Pero también las acciones deben responder a ciertos ratios de base, los que -en conjunto- brindan la sensación imprescindible de «valor» por encima del simple «precio».
Es lo que separa nítidamente a una inversión de un simple juego, donde no todos los papeles son iguales -aunque de pronto se enganchen en igual tendencia de fondo- y se puede establecer un ranking de «mejores» y «peores». La llegada de buenos estados contables puede resultar un buen incentivo para afirmar el índice en la centena recuperada -1.500 puntos- y procurarse una meta más elevada. Es una carrera contra calendario, después de haber tenido que «regalar» el primer semestre.



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