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6 de julio 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

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... Viajamos en el subte, levantando la vista como para leer algo, que es lo que se suele hacer para matar el aburrimiento del transporte más veloz y aburrido, nos encontramos con anuncios de la Lotería Nacional con invitaciones a contestar cuántos pasajeros puede haber en el vagón. Y cuántas estaciones comprenden el trayecto de la línea «B», entre varias otras. Y un eslogan común, como que: «detrás de cada número puede haber un ganador». Una directa, para nada subliminal invitación a jugar a la quiniela, mientras -a la par- se difunde que: «jugar compulsivamente es perjudicial para la salud». Notable estilo argentino de alentar por una parte aquello que se aparenta desalentar por la otra. Como el tratar de profundizar purgas policiales, mostrarse alarmados por el crecimiento del delito y estar en un proyecto que rebaja, como en una liquidación primavera-verano para los delincuentes, los castigos para los delitos. Crear el tren que va por una vía y colocarle otro tren de frente, viniendo por la misma. Es notable el modo en que puede uno desconcertarse con tantas contradicciones que lo envuelven en la sociedad.

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Si quisiéramos hallar un parangón con lo bursátil, deberían enviarse anuncios diciendo a los inversores: «caucione sus posiciones y potencie sus ganancias». Para, a renglón seguido, advertir que la caución puede ser un camino a la ruina.  


También, a uno le queda la sensación de que se persigue mucho más el consumo de tabaco, que el consumo de drogas. Y acaso pretendiendo que el tabaco daña a propios y terceros, mucho más que aquello que erosiona la droga y los desvíos de conducta social a lo que conlleva. Mientras decenas de anécdotas han poblado los canales con los periodistas del Mundial relatando la severidad de las leyes alemanas -amansando guapos de todas partes- nos prepararemos para que al darse curso al campeonato local los vándalos vuelvan a ser dueños del espectáculo. Como si lo que funciona bien y es el verdadero remedio para los desmanes sólo sirviera a otros países: mientras los argentinos esperamos que «la educación» futura obre el milagro de encauzar los desvíos.

La Bolsa, un sistema fundado en el riesgo extremo y en la volatilidad de sus premios y castigos, siempre pareció ser el reino de los pensamientos opuestos (en la línea de corte, alguien compra lo que alguien vende teniendo opinión opuesta sobre el bien) y hasta de las contradicciones a flor de piel. Pero ver que ese estilo tan peculiar y elitista se derrama sobre toda la sociedad pasa a resultar objeto de preocupación mayúscula. Y lo peor es que sólo de a ratos, o por un hecho especial, nos damos cuenta de cómo vivimos con naturalidad aquello que serían delirios graves en otros países. Admiramos el orden de los otros, pero no lo anhelamos. Y así seguimos.

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