24 de agosto 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Si un inversor internacional que nunca tuvo activos argentinos se dispusiera a evaluar la actualidad del país, para incursionar por aquí, podría encontrarse con una anunciada visita presidencial a Nueva York -en setiembre- donde aparecerá nada menos que tocando la campana, para dar inicio a la rueda bursátil del NYSE. Además, llevará un contingente empresarial que condice con declaraciones de hace unos días pregonando funcionarios del gobierno «el aliento a la inversión extranjera». Nuestro hombre podrá deducir que hay un ambiente apropiado para los inversores del exterior (si su memoria ha sabido olvidar la estafa cometida con los bonistas) y son señales muy nítidas, de gobernantes que saben de la importancia del capital y van al corazón mismo de las finanzas mundiales para seducirlo.

Mejor que no encuentre diarios de otros días recientes, ni haya visto conferencias de prensa avaladas desde la Casa Rosada y donde un personaje llamado D'Elía se ufanaba de haber irrumpido en propiedad de un extranjero y advirtiendo sobre la inminencia de expropiaciones (que ahora, parece, apuntarán al sur). Y, de paso, asistido por una señora que arengó a sacar a los norteamericanos a patadas (en las partes más sensibles). A esta altura, el potencial inversor se habrá topado con las dos caras de una moneda argentina que ejercen el mismo peso, al unísono.

A tal tipo de actuaciones y actitudes, los habituales voceros -que son varios- oficiales no admitirán que se les diga que son contradictorias. O que pueden confundir hasta al analista más pintado. Pero no es necesario estar fuera de nuestras fronteras, no hay modo de compatibilizar las distintas facetas que giran casi a diario en hechos y declaraciones. Por más que vivamos adentro.  


En tanto, hay otras cuestiones que van mostrando la verdad por más que se la haya querido camuflar. Y ya están apareciendo notas -como en «Clarín», de días atrás- que viran en dirección a nuestro rudimentario índice inflacionario -varias veces mencionado- acerca de: «la velocidad de aniquilación de un billete de $ 100», por sobre los índices de inflación que se difunden mensualmente (a veces, cantados desde quince días antes de cada cierre mensual, como si los supieran. O los quisieran así). Es como un caño de agua subterránea, o empotrado, que termina por mostrarse y humedecer pisos y paredes. A fines políticos, y seguramente también financieros, hay una inflación oficial y hay otra: paralela. Y como en tiempo de dólar controlado, la segunda impone la realidad. Que se traduce en más malestar, en más pedidos de aumentos, cayendo más gente en la cuenta de que la estadística no cierra. (Kirchner tocará la campana en Wall Street: una foto para el recuerdo...)

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