19 de octubre 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Se siguen aconsejando -por parte de la mayoría de los analistas de carteras que se entrevistan- bonos y no acciones, en nuestro mercado. ¿Demuestra ello que los títulos públicos son mejor opción que una pieza de empresa privada? Y, especialmente, en un medio como el nuestro.

No podemos saber a qué se debe, específicamente, la opinión de cada uno de los que van en tal elección de activos. Sólo podríamos incorporar nuestro punto de vista, ante un tema que nos llama la atención. Quizás a muchos de los lectores e inversores también les produce cierta extrañeza el notable sesgo hacia uno de los segmentos y la casi exclusión del otro. Los títulos con «responsabilidad soberana» (que aquí ha dejado de tenerla a partir del tratamiento dado a los bonistas) podían hacerse fuertes con tal argumento, sobre las acciones. Por aquel viejo aserto -también derrumbado- sobre la máxima garantía de un papel estatal, sobre el de compañías que están expuestas a que su suerte se acabe y queden fallidas. En una quiebra, sabido es que el accionista revista como un «socio solidario» (último de la fila de los que puedan rescatar algo). En la Argentina se ha demostrado muy bien que un gobierno en problemas puede romper toda condición, ofrecer tratos viles y hasta dejar retazos flotando, con respuestas de soberbia extrema. Hace unos días, ante la evolución sostenida de estos bonos/canje los análisis iban en la dirección incorrecta, como que los que habían recibido los títulos « recuperaron tanto por ciento...». No es así, sólo están perdiendo menos que antes. Y no parece que haya nada por lo cual festejar. Pero, la sensación dejada era que sí.  


Ninguna sociedad ofreció un trato vil por sus acciones, las que cayeron junto a la crisis, se reincorporaron, el sistema bursátil funcionó perfectamente y en todo momento. Siempre existió la máxima liquidez y la seguridad de que el accionista era dueño de lo suyo. Si alguien es capaz de sostener al bono contra la acción, por algún tipo de seguridad jurídica o principio soberano, no puede demostrarlo. Que resulte una paradoja argentina, no quiere decir que no sea de tal modo.

Pero el verdadero imán es gracias a mentes emisoras que tuvieron de las tantas ideas geniales: atar los bonos a la inflación (modernos VANAS) o al crecimiento del PBI. A partir de ello, vivir entre dos espadas y si una se queda quieta, la otra amenaza. A tal punto que se sabe cuánto vino costando financieramente la valuación de tales bonos indexados. Y en tal atractivo se justifica la recomendación para tomar las ganancias fáciles, sólo teniendo cuidado con el tiempo y esperando que los gobernantes no vuelvan a patear el tablero. Zona de «plata dulce», arbitrando contra un dólar quieto, poner, hacer diferencia y pasar por la salida. Las acciones no poseen imán tan jugoso, pero son más nobles.

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