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19 de enero 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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Decía la tapa de Ambito Financiero del miércoles: «Gobierno ayuda a un amigo, u$s 200 millones para Coto». Dentro del jolgorio de números en que se vive, acaso ya no parezca tanto una suma como la mencionada. Que, vista al vacío y en cualquier medio sensato, significa una cantidad enorme para ser facilitada a una empresa privada y que no pertenece a la industria de base, la pesada. Es todo un caso simbólico y no es de ahora que el empresariado también termina por alinearse con el que maneja el poder y la caja, variando de colores en lo individual, o en conjunto.

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Esa empresa podía -como varias otras, caso SanCor- haber optado en su momento por abrir su capital e ir a la cotización pública, en procura del fondeo necesario. Antes, claro, de llegar a situaciones extremas y que terminan por evidenciar las falencias estratégicas. Con la empresa láctea mendigando favores del impredecible señor Chávez (ciertamente que enviado de punta por el propio gobierno, cuando ellos querían a Soros). Y con el otrora muy locuaz, y en principio disidente, señor Coto recurriendo a préstamos de entidad oficial.

Cuesta entender a los que hacen empresas supuestamente muy exitosas -que, después, no lo son tanto-y que prefieren entrar al peligroso terreno del endeudamiento, antes que colocar parte de sus tenencias en un mercado bursátil: que para eso está. Insistimos en puntualizar que: en el momento oportuno, cuando es un ofrecimiento potable para los inversores, y no cuando se realiza como dando el último manotazo, con pasivos terribles. Y en el historial de la Bolsa hay varios capítulos, poblados con ejemplos de ello: donde vinieron, maquillaron un poco el panorama, colocaron títulos, se quedaron con el dinero de terceros y terminaron del modo más lamentable (SEVEL es un buen caso, de no muchos años atrás).


Con esto, no es difícil inferirlo, los gobernantes tienen debidamente amarrado a un empresario con cadena de supermercados y de donde habrán de nutrirse muchas mediciones, para insistir en que la inflación es nada más que la que dicen los negocios de los chinos y, también, la de los locales de Coto. Lo que quede afuera de tales góndolas parece no tener participación. Y así es como se teje un índice de «inflación oficial», en el que la población deberá creer. Si la sociedad es merecedora de tal enorme suma de crédito, no importa demasiado: por fuera de números y ratios, está el principal motivador del año, las elecciones.

Otro refrán siempre se hace verdad, a pesar del paso de los siglos: «El que tiene el oro, pone las reglas». Y este asunto de Coto es emblemático, un mensaje directo a muchos otros: hay que estar alineado con funcionarios de un poder que se dice «capitalista», pero que es -simplemente- dirigista de pura cepa.

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