19 de septiembre 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

Sólo que haya largas colas de personas frente a entidades bancarias, con cara de desesperación y procurando que le devuelvan su dinero: ya es una afectación seria a la «economía real», expresión que tan en boga está en estos tiempos para diferenciarla -o tratar de hacerlo-de lo que suceda en los mercados. No se necesita llegar a ver saqueos, o gente sin trabajo, para decir que la economía se ha visto afectada. También los que requieren lo suyo -como frente a un banco-forman parte de la economía, del pueblo de una nación, los simples inversores de los mercados no son « alienígenas», venidos de ignoto planeta; son personas que creen en activos públicos o privados, emitidos por países y empresas, ayudando a que esa rueda virtuosa de capital, trabajo y producción funcione plenamente. ¿Qué otra cosa que «economía real» resultan los afectados por una debacle como la que sigue sumando víctimas? El que tiene tomado un préstamo por una casa y no lo puede pagar, no es más víctima que un inversor que tomó los bonos para que el circuito del crédito pudiera seguir funcionando. Justamente en nuestro medio, hace muy poco, nos vimos sorprendidos por declaraciones de un alto personaje del gobierno (y por la candidata a presidenta) yendo en la dirección de que casi está bien que un índice de inflación falseado perjudique a los acreedores, en tanto «el pueblo» no debería quejarse, porque va a favor suyo la estafa que se perpetra. La idea corre también por el mundo, con esta expresión de «economía real», que no se sabe bien contra qué se la confronta. ¿Hay una «economía virtual»? Podría llamarse así a los que solamente mueven cifras y estadísticas de escritorios (los verdaderos hacedores de muchos de los dislates que tiene el mundo moderno), pero no a los que participan trabajando, invirtiendo, gastando, ahorrando, haciendo --realmentea la economía.  

La onda expansiva que alcanzó el desastre iniciado en Estados Unidos, invadiendo Europa y la tranquilidad de sus habitantes, ya no admite que se quiera -por más voz relevante que lo diga-dividir las aguas y demostrar que lo que ocurre con unos no afecte a otros. Tarde o temprano, más temprano de lo que se cree, el mal involucra de manera directa, o indirecta. Solamente con que aparezca encarecimiento de tasas, iliquidez, confusión en las variables financieras, el derrame sobre la vida ciudadana lo cubrirá todo.

Si Bernanke y sus desorientados colegas decidieron, o no, corregir esa tasa que le piden ya es una simple anécdota respecto del verdadero motor del problema. La preocupación aparecerá al tratar de descubrir cuál es la próxima estación que nos espera, en este viaje de terror que se ha iniciado. Inflación, recesión, depresión, lo que se acerque no tiene buen aspecto. Y recomponer la sangría exigirá muchas buenas ideas.

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