Cada vez se va ampliando el espectro de las consecuencias que traerá a la economía norteamericana el gran desastre creado en torno de los créditos inmobiliarios suscriptos livianamente. Como en una tira televisiva, la Reserva Federal incorpora otras expresiones y se ha llegado, en el comienzo semanal, a saberse que la proyección sobre el crecimiento probable ha disminuido de modo notorio.
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Pero esto no puede quedar encapsulado en los problemas de un país, ya que -mal que les pese-esa economía sigue resultando la nave insignia de todas las demás. En consecuencia, lo que a ellos les suceda, tarde o temprano, se habrá de reflejar en todas las regiones. Y otra vez hay que tomar nota de ello, para después no tener que preguntarse por qué las condiciones supuestas en vacío han variado tanto. Más todavía los que viven atados a la «proyección» que está impregnada de deseos, más que de evidencias, y traspolan los momentos y zonas gratas hacia un futuro indefinido, contando con que las condiciones siempre sean las mismas. Y el problema es que rara vez lo son. Lo que ahora sabemos, por boca oficial y respetable, es que se aguarda un decrecer de los ratios en la principal economía mundial. Lo que habilita ya mismo a que se arme un cuadro virtual, para indagar de qué modo esto perjudicará a los demás.
He ahí un ejercicio útil, para sondear -como quien enviara un cohete a la Luna-si la superficie de los mercados en 2008 resultará tersa, rugosa, o plena en cráteres, o montañosa por momentos y desértica después.
Queda la opción de suponer que «las cosas se van a arreglar...» (el que se dice « optimista» y que no quiere ver pálidas en el mundo). La contracara es imaginar que «todo seguirá yendo a un desastre...» ( creyendo que los mercados se terminan, ante una fase depresiva de los ciclos). Lo que nos parece que cabe es acumular la información valiosa, la que se refiere a variables capaces de hacer cambiar un rumbo. Las que resultan ingobernables para el simple operador, inclusive para los propios gobernantes de los países. A partir de ello y siguiendo de cerca los síntomas, que después serán los asuntos ya de cuerpo entero, poseer una estrategia para enfrentarlos. (Y esto igual no asegura mucho, pero al menos dará la ocasión de esperar los cambios de frente y no que lleguen por las espaldas.)
Se está terminando un ejercicio 2007 al que hemos visto como placentero en ciertos pasajes, pero que después tuvo una inequívoca frontera y, a partir de ésta, se hizo terreno árido. El deseo de que «2008 resulte mejor» -frase de brindis-no descarta que se pueda ver uno todavía peor. Y lo que se viene acumulando, en señales e informes valiosos, resultan claras advertencias sobre esto último.
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