A veces uno se olvida de que en el cambio generacional, también varían los usos y costumbres. Así como los preceptos que se utilizan en la operatoria y en la evaluación de las acciones. Los «muchachos» -al lado nuestro, muchos de ellos lo son-ya no preguntan demasiado por el «valor libros» de los papeles, para relacionarlo con el precio de mercado. Mucho menos se aplican ciertas normas que parecían muy grabadas, en inversores de unos cuantos años atrás. Por ejemplo: «balance con pérdidas, precio de mercado no más de la mitad del valor contable». Bueno, también se debe puntualizar que lo que ahora es habitual -patrimonio neto negativo-antes no sólo hubiera espantado, sino que se la suspendía de la cotización. Las crisis terminan por hacer más laxas las normas, se van deslizando cuestiones que antes eran una herejía, para el ambiente bursátil.
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Pero otro aspecto y que hemos tocado en ciertos comentarios recientes de balances, dándole una importancia de primer orden -como acción-acaso haya desorientado a ciertos inversores jóvenes. Se trata de la relación de capital a patrimonio, en cuanto a acciones en juego, y el punto en que se halla cada sociedad. Si más cerca de la «licuación» de capital, cuando se ha excedido en las emisiones y generó una «inflación» bursátil desaconsejable. O bien, si se la ve con el motor «comprimido». Término que no es bursátil, pero que utilizamos para ilustrar con precisión de qué se trata. La vieja fórmula, seguida a rajatabla por muchas empresas -en especial, la desaparecida Dálmine-, fijaba en un «3x1» la fórmula. Esto era que siempre se debía mantener al capital tres veces por debajo del patrimonio neto. Ni más, ni menos. Si el patrimonio crecía, por ganancias o por inflación, se corregía a fin del ejercicio el capital, para proporcionarlo nuevamente. Patrimonio= 3, capital= 1.
Los desbarajustes de tiempos siguientes fueron desdibujando esas políticas estrictas. Entonces es factible hallar hoy en día a unas cuantas acciones «pasadas» de capital, demasiado expandidas en acciones y con «capacidad de ganar» imposible de adecuarse, si una compañía entrega papeles y no vuelve a ganar en relación con ello: se está «licuando», licua a sus inversores. Y cuando se entregan acciones, no se gana ni se pierde, porque el papel va una nueva «paridad» y al pagar lo anunciado, decae en su precio de mercado del mismo modo. El asunto es que, con un mercado normal (y mucho más en un buen ciclo), el precio comienza a recuperar más velozmente desde una cotización «baja» y si los balances siguen acompañando bien. Guardar «ajuste al capital», o saldos acumulados, o reservas especiales, que se pueden capitalizar, crea una burbuja atractiva, para esperar que esa acción reacomode su relación. Son las vetas promisorias, para aguardar a que estallen.
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