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30 de septiembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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«Más plata, más barata...» «Se necesita otra rebaja de tasas...» La prédica constante, a lo largo de casi todo el desarrollo de esta crisis que, recién ahora, se mostró de cuerpo entero. Obviamente, los mensajes, cada vez con más exigencia y prisa, llegaban desde el corazón de las finanzas y los mercados en Estados Unidos. Y la Fed y Bernanke que no, para después decir que sí. A más pasos retrocedidos, más exigencias de seguir bajando; y allí está planteado el escenario ideal para los que buscan grandes negocios, cambiando cada tanto de rubro y de activo. El dinero barato y los controles laxos, dejando escabullir entre las líneas de las vetustas normas (que, en general, vienen desde la Gran Crisis y con ciertos parches que les han ido colocando) todo el arsenal de la tecnología moderna. Y de instrumentos que se van matando de manera permanente, siempre agregando más potencia en sus motores y multiplicación al por mayor.

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Parece que la premisa era sacar el paquete del «salvataje» adelante y, después, ver qué se hace para poner en exposición pública a unos cuantos de los culpables, los que formaron el enorme iceberg, que cortó por debajo de la línea de flotación a la economía norteamericana. Aquí no se ven muchos «capitanes» hundiéndose con el barco, mucho menos apelando al ético suicidio y a la manera oriental. Occidente ha consagrado una cultura donde la vergüenza y el deshonor ya parecen no formar parte de la cartera de los ejecutivos. Al contrario, la idea tiende a intentar salir sólo chamuscado de las llamas del último negocio fallido, para volver a intentar al poco tiempo y reapareciendo por detrás de alguna nueva idea que se pueda ir alimentando.

Sólo se trata de hallar una zona de plata barata y de normas que posean vericuetos, para poder hacerles unas fintas y seguir de largo con el nuevo negocio.  

Podría alguien, como nosotros, preguntarse si no es que el señor Bernanke debería haber abdicado de su cargo, mucho antes que buscar como blanco a directivos de la SEC (los que aparecen como primeros actores de reparto, que llevarían parte de la mochila de los que tienen los roles principales). Y qué decir del otro señor, Henry Paulson, muchas veces citado en esta columna por el tufillo mentiroso que se desprendía de sus mensajes y a partir del primero: «Esto es un problema financiero, que no afectará la economía real...».

Los más encumbrados, los que estuvieron falseando la realidad y mintiendo a todos los ciudadanos (a los que ahora se les dice que deberán hacerse cargo del desastre), siguen en sus sillones. El propio Paulson se puso al frente del manejo de los fondos que solicitaron. (En Oriente, quizás se hubiera suicidado. En Occidente, manejan el salvataje.)

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