Si uno quiere ir semblanteando en qué punto de cocción están los problemas, un rastro simple para seguir es de qué manera ese problema ocupa lugar en los medios. Receta que vimos en este fin de semana, donde la mayor «preocupación» de los medios de toda índole resultaba no la crisis y sus grandes titulares, sino el cambio horario que debía producirse a medianoche del sábado. Un tema indudablemente menor, capaz de poder rellenar algún recuadro de primera plana, pasó a ser estrella periodística. Resultó un primer tibio paso, no hubo más bancos en la quiebra, ni otras medidas apuradas, la gente no se tiró por las ventanas, el mundo siguió andando. También hay que tener presente que en época de tendencias buenas, alcistas, las que parecen malas noticias son velozmente digeridas, diluidas, pasadas por alto.
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Y cualquier novedad, aunque resulte nimia pero positiva, es capaz de darles otro empujón a los índices. Obvio, en zona de valles y desesperación, cualquier noticia que antes no se consideraba fuerte, siendo adversa en cualquier tipo de asunto, se agiganta e impacta de modo desfavorable. Mientras que las buenas informaciones pasan de largo, siendo desconsideradas por un ambiente que vive con la cara compungida.
Y siempre seguirá siendo así, el «estado de ánimo» de la gente no se modifica, ni se moderniza, como la informática, ni las comunicaciones. Y es lo que tendrá que cambiar masivamente, en todas partes, para que se produzca algún punto tolerable, en los mercados y sus indicadores.
La semana vio cerrar a nuestro mercado bien alcista. Al Dow Jones en nueva baja. Y al Bovespa quedando en la intrascendencia de lo casi neutral. Por allí salió el pícaro de Warren Buffett con expresa recomendación de una consigna tipo «compren lo nuestro». Diciéndole al público norteamericano que compre acciones de empresas locales (así, seguramente, él realizará su gran diferencia «enchufando» debidamente a los que deciden entrar). En nuestro medio, lo que circuló de «compre nacional» se dirigió a otro aspecto: el de los productos. (No vaya a ser cosa que algún gobernante, alguna vez, se equivoque y recomiende títulos empresarios como buena forma de invertir en activos que, a la larga, nunca habrán de defraudar al interesado.) De lo que aquí se habla es, lisa y llanamente, de «proteccionismo». Cubrirse de los chinos, ponerles barreras a los brasileños, dejar un escenario para que los locales resulten protagonistas y caiga la competencia. Ahora bien: ¿se dan cuenta los propulsores de esto de que la Argentina también tiene que exportar al mundo? Quizás crean que somos los únicos vivos, exportarles como antes y no comprarles. Tan claro es el planteo, que tendrá poco recorrido.
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