Diálogos en Wall Street

Economía

(El diálogo es con un operador de la Bolsa de Nueva York que se hace llamar Gordon Gekko, en alusión al personaje que interpretara Michael Douglas en el film «Wall Street». El tema es la crisis de las economías emergentes, particularmente en Latinoamérica. También se analiza la política y responsabilidad que tuvieron los organismos internacionales de crédito en estas situaciones.)

PERIODISTA: ¿Qué pasa con los mercados emergentes? Si no los mata el temor, los consume la indiferencia. ¿Cuál es su enfermedad? ¿Es el contagio del llamado mal argentino?

Gordon Gekko:
Creo que hay un proceso más profundo en marcha. El contagio argentino es sólo un componente en juego. Sinceramente, no creo que sea el elemento esencial. Aunque hoy por hoy, es la anécdota más poderosa. Pero no únicamente por ser terrible: en gran medida, su influencia deviene de ser sólo el accidente más fresco...

P.: Hay problemas en la región, más allá de lo que acontece en la Argentina.


G.G.:
Desde ya. Haga memoria: había una historia interesante que contar de los mercados emergentes en los '90. A principios de la década, sobre todo.

P.: Abundaban las promesas de reforma...


G.G.:
Era un conjunto muy amplio, muy promisorio. El regreso a la economía de mercado, las privatizaciones, la apertura comercial.

P.: Muchos de estos elementos se han agotado. Si no se han revertido...


G.G.:
Es cierto. Muchas promesas se cumplieron. Otras, no tanto. Mientras, el entusiasmo por participar se tradujo en un fuerte incremento en el volumen de deuda. Esa es la principal diferencia hoy con respecto a comienzos de los '90. Aun si usted replicara las condiciones benignas del punto de partida, el eco sería distinto, porque ya existe una exposición significativa en la región.

P.: Exposición que tiene sus bemoles. Como la crisis argentina se ha ocupado de atestiguar.


G.G.:
Quizás hasta el default de Rusia en 1998 se subestimaron los verdaderos riesgos de incursionar en estas economías. El mercado tuvo que aprender la lección, maduró, y ello le quitó, por fuerza, la corriente de dinero que buscaba un rédito fácil y rápido... El «leverage» -el apalancamiento- que había en esos tiempos, nunca más se recobró. Las entradas netas de capital a las economías emergentes no se han restablecido plenamente. Cuando antes crecían año tras año.

P.: Rusia fue un mojón. Golpeó duramente a los flujos de portafolio. Pero no a la inversión extranjera directa en los países emergentes. ¿El default de la Argentina no marca un nuevo «hito»? ¿No muestra que la inversión directa tampoco está a salvo cuando se produce una crisis severa?


G.G.:
Correcto. Lo que es más terrible es la enorme varianza implícita en la evolución de la situación argentina. Un modelo ejemplar en 1998 -cuando se la consagró como tal en la Asamblea Conjunta del FMI y Banco Mundial- se transformó en un paciente sin remedio -en la opinión del mismo auditorio- sobre el filo de 2001. Tres años es mucho menos que el período de maduración normal de una inversión directa. ¿Cómo cubrirse, entonces, ante estos cambios intempestivos de valoración?

P. Me da la impresión, entonces, que el caso argentino es más relevante que lo que se ha dado en creer...


G.G.:
Lo relevante, no se engañe, es el cambio de reglas que precedió a la debacle de la Argentina. El embrollo comienza cuando el secretario del Tesoro, Paul O'Neill, plantea ante el Congreso de los EE.UU. que la solución para los países emergentes en problemas es un mecanismo similar al de la Ley de Quiebras. La administración Bush trazó allí la divisoria de aguas. Ese es el hito, el verdadero punto de inflexión. La solución O'Neill es tanto más terrible, no sólo porque empuja a un país endeudado a la cornisa del default -más rápido que antes, dado que destruye de antemano las posibilidades de financiamiento-, sino también porque lo hace a pesar de saber que no existe una ley de quiebras internacional. Es un salto al vacío. La Argentina sucumbió a esa trampa cuando se agotó la paciencia del G-7. ¿Pero por qué habría de ser la única víctima?

P.: ¿Este es el verdadero temor que sobrevuela en los mercados emergentes?


G.G.:
Este es el verdadero riesgo. No es lo mismo anunciar esta regla ahora -cuando los niveles de deuda son elevados; Brasil, por ejemplo, tiene una deuda pública de 54% del PBI- que haberlo hecho a comienzos de los '90, cuando el proceso estaba en pañales.

P.: Además, la deuda se contrajo cuando abundaban los capitales internacionales. No es fácil administrarla ahora que predomina una apetito más reticente...


G.G.:
De acuerdo. Por eso, me parece que la solución O'Neill ha sembrado la semilla de la inestabilidad en los mercados emergentes. No me interprete mal: es loable que la administración Bush haya querido limitar el rol del FMI como prestamista de última instancia. Pero si el resultado es propiciar corridas cada vez más frecuentes, con su correlato de sustancial reducción de la liquidez, el tiro habrá salido por la culata.

P.: ¿Eso teme?

G.G.: Bastará un shock adverso -que siempre los habrá- para que lo más prudente sea tomar una pérdida temprana y recortar la exposición antes que lo hagan los demás. Sólo por precaución. En definitiva, ése es el espíritu que campea en los cambios de recomendación que uno ha visto en los bancos de inversión referidos a Brasil.

P.: O en los cambios de calificación de las agencias evaluadoras de crédito.


G.G.:
Tal cual. Todo el mundo se cubre.

P.: Nadie espera un default de la deuda pública brasileña. Sólo se teme a un triunfo de Lula...


G.G.:
O lo uno o lo otro. Si se teme lo segundo, tarde o temprano, se pondrá en tela de juicio lo primero. Le digo más: si la administración Bush hubiese seguido a rajatabla las sugerencias de sus asesores parlamentarios, los economistas Meltzer y Lerrick -o sea, si hubiese propiciado un mecanismo veloz de reestructuración de deuda con fuerte apoyo del FMI-, creo que el default de la deuda brasileña sería apenas una cuestión de tiempo. Hay «riesgo moral» cuando se rescata a los inversores de sus errores, pero también lo hay cuando se propicia el default y se hace lo propio con los deudores. Este inconveniente O'Neill lo percibió a tiempo y, por ello, se le planteó un terreno difícil a la Argentina. ¿Qué problemas tendría Lula de sumarse a la moda si todo fuera dejar de pagar y volver al ruedo sin ningún rasguño?

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