¿Hasta dónde el presidente Néstor Kirchner quiere, realmente, pagar la deuda externa? ¿Su «ofuscación» contra el FMI y los acreedores es parte de una estrategia que lo sitúe en mejor posición negociadora o sólo trata de ganar tiempo por cuestiones políticas internas? ¿Demoniza al FMI pero, a su vez, les paga más que sus predecesores a cambio de nada? Estas preguntas no sólo surgen en círculos financieros, sino que comienzan a aparecer en las columnas económicas como la del periodista Julio Nudler en la revista «Veintitrés». Veamos los párrafos más importantes:
• Otro tanto sucede respecto del Fondo Monetario ... Hoy la perspectiva más benigna es que, antes de poder firmar un eventual nuevo acuerdo desde Buenos Aires, se le remesen, contra nada, unos 2.500 millones de dólares en capital e intereses.
• Casi tres años después de decretado el cese parcial en los pagos de la deuda, el país se halla atrapado en una pinza que se llama «aceptación-». Esto significa que, a juicio de los tenedores de títulos nacionales, y de los financistas que los asesoran, la oferta del deudor tiene que ser percibida como tan satisfactoria, dentro de las circunstancias, que una nítida mayoría de bonistas la acepte.
• El FMI exige que esa mayoría sea no inferior a 80 por ciento, aunque tal vez flexibilice un poco el número, que la Argentina ubica en 70. En cualquier caso, ello quiere decir que el Fondo no juzgará superado el default si el grado de aceptación le pareciera insuficiente y generara, por tanto, una perspectiva de litigios judiciales...
• ¿Qué camino (el gobierno argentino) podría tomar entonces? ¿Cesar en sus pagos al FMI? ¿Enfrentarse así, ya no sólo retóricamente, a toda la comunidad financiera internacional? No es del todo descartable que
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