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Ella parece haber pasado casi inadvertida en nuestro país. Pese a la enorme trascendencia que tiene esta cuestión que nos ha postergado económica y socialmente por décadas. Desde 1964, en rigor, cuando la Vieja Europa pusiera en marcha su devastadora «política agrícola común», insensible al daño que ella pudiera causar más allá de sus fronteras. Ocurre que estamos -otra vez- sumergidos en una tremenda (aunque explicable) ansiedad por el presente. Lo que parece no dejarnos demasiado espacio para pensar en cuestiones que están más allá de mañana mismo.
Los productos del agro tienen hoy, en promedio, un escandaloso nivel arancelario mundial de 62%. Además, el comercio internacional de esos productos está profundamente distorsionado por todo tipo de subsidios. Lo que efectivamente los sustrae de los flujos normales, absolutamente alterados por el proteccionismo.
Esta realidad ha generado ganadores y perdedores. En el caso particular de la República Argentina, el proteccionismo agrícola ha coadyuvado a la caída que culminó en la catástrofe económico-social que nos conmueve.
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