El ALCA no debe fracasar porque no avanzará la OMC
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La «agenda» entre EE.UU. y Latinoamérica es el ALCA. Como tal, surge una primera conclusión importante: el ALCA no debe fracasar.
Simultáneamente, y abonando lo mencionado en el párrafo anterior, es probable que no exista otro tema internacional en los países de Latinoamérica que provoque más controversias y más discusiones maniqueístas que las que provoca el ALCA, inclusive amenaza competir con el « villano» máximo: el FMI.
Para decirlo claramente: lo que se discute es acerca de la forma de organización de los diferentes países, un cambio inclusive cultural de cómo se comportan y desarrollan las sociedades. El alcance de la negociación es tal, que redefinirá la forma de hacer negocios y de organizar en los próximos 20 años en estos países.
De la misma manera, queda claro que la frustración de Seattle, la de Doha, Cancún y las que vendrán, en relación con la falta de resultados en las rondas de negociación de la OMC, no está solamente vinculada a la falta de voluntad negociadora de los países líderes, ni a la problemática agrícola, ni a los desacuerdos en los diferentes trade off. La lectura debe ser más profunda, y para ello una definición brusca parece adecuada para provocarla: nunca más habrá una negociación exitosa de la OMC.
• Mecanismo inadecuado
¿De dónde surge una afirmación tan temeraria y políticamente incorrecta?
El proceso de negociaciones y las sucesivas rondas del GATT/ OMC fueron exitosas en sus primeros años, cuando se discutían temas «de fronteras», cuando el comercio era sobre «bienes mensurables» y las relaciones económicas entre los países eran de «baja» velocidad.
Para ser claros: el mecanismo de negociación mundial que la OMC representa, no es adecuado para el nuevo «tipo» de negociaciones, que el nuevo paradigma tecno-económico-financiero implica.
De esta manera la explosiva proliferación de acuerdos de libre comercio entre los más diversos países en los últimos años, no debe ser leído como un «avance» hacia un comercio mundial más libre, sino son consecuencia del nuevo escenario donde resulta más fácil dar «respuesta» a los nuevos temas en acuerdos de pocospaíses, inclusive donde las diferencias culturales y geográficas pueden ser menores.
Lo que esta multiplicidad de acuerdos está marcando, no es --sólo-el fracaso de las negociaciones de la OMC, sino las limitaciones de su estructura negociadora para los nuevos escenarios. En definitiva, lo que se está señalando es que la Cláusula De Nación Más Favorecida --corazón del GATT/OMC-ya no se respeta. Independientemente del análisis sobre las dificultades que esto genere, particularmente para los países menos desarrollados, es relevante entenderlo para dibujar más apropiadamente los escenarios futuros.
Dicho futuro estará más ligado a acuerdos de grupos de países, en dirección a lo que ya se negoció en Singapur con el acuerdo de tecnología, o lo que se intentó negociar en la OCDE sobre las disciplinas de inversión. Un escenario muy probable, entonces, será una «aladización» del comercio mundial, con acuerdos entre grupos de países, con diferentes grados de profundización y amplitud temática. Cuán sutil sea la nueva arquitectura de los acuerdos, permitirá definir si la tendencia será inclusiva, a la mayor cantidad de países o exclusiva, generando dos tracks -los que están adentro y afuera-. Esta mención no es temeraria, porque la dificultad de acordar «entre todos» temas tan complejos necesariamente lleva a este análisis, donde la capacidad política y visión de liderazgo será central para el mundo que se dibuje en los próximos años.
Desde la misma perspectiva, entonces, lo que han estado haciendo los países latinoamericanos en los últimos años, es dar respuesta política a estos nuevos paradigmas. El nuevo impulso al regionalismo, los procesos de integración, y los diferentes acuerdos de libre comercio van en la dirección correcta de dar respuesta a los nuevos desafíos generando «sociedades más abiertas» y más vinculadas al mundo, eligiendo los instrumentos más adecuados para la propia idiosincrasia cultural y política de cada país.
Una vez más, una adecuada mezcla de dosis de realidad y utopía, lo que implica no sólo grandeza, sino visión amplia de los líderes políticos, determinará si este proceso se puede transformar en un instrumento genuinamente útil a los intereses de los países en desarrollo de nuestro continente. Intereses que tienen como factor común excluyente un crecimiento más equilibrado y sostenible en el tiempo.



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