El plan alienta la informalidad
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El mismo decreto introduce, además, un beneficio para los mayores de 70 años -al comienzo 75 años(1)-. Se trata de una suerte de jubilación mínima de 100 pesos, independientemente de haber hecho o no aportes al sistema de previsión. Hasta ahora, la prestación por edad avanzada establecía que si se aporta un mínimo de diez años, pero menos de 30, se tiene 70% de la PBU más lo que se acumule en proporción a los años por otros conceptos. Por el Decreto 1.382/01, si no se aporta nada ahora, igual se obtienen 100 pesos, es decir, 50% de la PBU. Dejando de lado el incentivo a aportar o no por capitalización, el beneficio de aportar para obtener la prestación pública es, por lo tanto, siempre negativo, excepto para quienes tienen poco menos de 10 años de aporte o poco menos de 30 años.
Si, además, se observan las reformas recientes en el sistema de previsión, todas apuntan a eliminar la PBU para aquellos que más acumulen; es decir, en los hechos, para quienes aporten durante los 30 años requeridos una suma superior al mínimo. En el futuro, podría no sólo confiscarse la PBU, sino también la PC (para un expropiador, no hay límites «razonables»). El mensaje vuelve a ser claro: cuanto mayor es el nivel de formalidad, es decir cuanto mayores sean los aportes, menor será la probabilidad de percibir la prestación pública.
Normativa
Un ejercicio que realizamos en FIEL considerando los pagos que efectúa un trabajador formal y los ingresos que recibe de la seguridad social, muestra(2) que para el régimen hasta ahora vigente todo trabajador soltero o solo y para cualquier nivel de ingresos, los beneficios descontados de aportar son menores que los costos. Lo mismo vale para los trabajadores casados con hasta dos hijos, con ingresos laborales promedio. Sólo los casados de muy bajos niveles de ingreso tenían hasta ahora el incentivo para aportar. Las nuevas medidas reducen aún más esta baja probabilidad de ser formal. Ello ocurre no tanto por cambios en el beneficio promedio, sino porque aumenta el incentivo a ser informal (cobrando el beneficio sin realizar aportes).
En suma, no podemos esperar, en ausencia de un mejor diseño, que la tendencia a la informalidad cambie, y se reduzca la evasión. Los asalariados informales eran 20% del total en el año 1980, y hoy suman casi 40%. Los nuevos decretos encierran la idea, básicamente errónea en economía, de que los incentivos no importan. Sin embargo, tarde o temprano, tolerar o premiar al evasor lleva al incumplimiento de las normas. Si la Argentina va a «vivir con lo nuestro» por algún tiempo, sería bueno retornar rápidamente a una normativa más previsible en materia tributaria y previsional, absteniéndose de premiar recurrentemente a quienes están fuera de la legalidad.
(1) Desde el punto de vista del sistema, no importa que por algún tiempo únicamente lo cobren los mayores de 75 años, pues en el mediano plazo vale para mayores de 70 años. (2) FIEL, «La economía oculta en la Argentina». Setiembre 2000.




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