18 de abril 2001 - 00:00

Europa está buscando a su Alan Greenspan

Londres (Bloomberg) - Wim Duisenberg debe ser la clase de persona que prefiere la sombra a la luz. La manera en que desempeña su trabajo -es presidente del Banco Central Europeo- parece garantizar que la gente que usa el euro permanecerá en un perpetuo estado de confusión sobre lo que ocurre con su moneda.

Hay dos preguntas importantes a las que Duisenberg debe responder. Primero, ¿cree el BCE que existe el peligro de recesión en Europa, y aliviará su política monetaria para ajustarse a eso? Segundo, ¿renunciará Duisenberg antes de cumplir su período de ocho años? En ninguno de esos temas ha dado información clara y, ante la falta de una decisión, las negociaciones políticas para ocupar la presidencia del BCE ya comenzaron.

En 1998 hubo un pacto informal entre alemanes y franceses sobre la presidencia del BCE. Los franceses, que querían que uno de sus nacionales dirigiera el banco, permitieron que Duisenberg ocupara el puesto pero con una condición: que permaneciera solamente los cuatro primeros años y cediera luego el lugar al candidato francés, el gobernador del Banco de Francia, Jean-Claude Trichet.

Nadie dice si aquel pacto todavía vale. Duisenberg manifestó en una oportunidad que no espera permanecer los ocho años, y en otra que no se retirará al cabo de cuatro años. Cuando los periodistas le pidieron que aclarara eso en una conferencia del BCE de la semana pasada, se les dijo que ambas respuestas eran válidas. Considerando que se trata de una cuestión de gran interés público -quién será presidente del BCE- fue una respuesta espectacularmente inservible.

Hay una buena posibilidad de que parta. Los franceses presionarán para que se cumpla con el pacto de 1998 y le resultará difícil al canciller alemán Gerhard Schröder retractarse de lo acordado, aunque quiera hacerlo.

Duisenberg no es un hombre fácil de defender. No es una fuerza creíble ni potente en los mercados monetarios, se ha mostrado vacilante en materia de política monetaria y no ha logrado hallar las imágenes retóricas necesarias para crear un vínculo entre la nueva moneda y la gente que la usa. En esos tres sentidos, cuanto antes se vaya, mejor será.

En la sede del Banco de Francia, Trichet debe estar sonriendo disimuladamente. Dirigir un banco central en uno de los países de la eurozona es un poco como conducir una estación de autobuses provinciales: uno es un engranaje funcional de la maquinaria, pero no espera mucho en materia de gloria o poder.

Para un hombre como Trichet, que pasó una vida abriéndose camino a través de la selva de la política administrativa francesa,
se trata de un cargo humillante. Los funcionarios públicos franceses tienen una alta opinión de sí mismos, generalmente justificada. Ellos esperan ser llamados a dirigir cosas importantes.

Pero hay dos grandes problemas con Trichet. Uno, que es investigado por su participación en la casi bancarrota de
Credit Lyonnais SA. Dos, que ha sido presidente durante una época de bajo desempeño de la economía francesa. (Es cierto que Francia anduvo mejor que Alemania o Japón, pero no si se la compara con otras grandes economías.)

Como jefe del Tesoro francés entre 1987 y 1993, Trichet fue el representante del gobierno en la junta directiva del Credit Lyonnais. Puede haber sido un testigo inocente, pero ese banco tuvo que ser rescatado con unos 17.000 millones de euros ($ 15.000 millones) de dinero público.

Eso no suena como antecedente apropiado para dirigir todo el sistema bancario de la eurozona.
Sería como si los británicos nombraran a Nick Leeson, responsable de la quiebra de Barings Plc, el más antiguo banco de negocios del país, para administrar el Banco de Inglaterra, o que el presidente George W. Bush contratara a alguno de los fracasados operadores de Wall Street para reemplazar a Alan Greenspan.

Corrupción

Peor aún, el juicio al ex ministro francés de Relaciones Exteriores, Roland Dumas, por cargos de corrupción, reveló cuán bajo cayó el gobierno de François Mitterrand durante sus últimos años. Por cierto que nadie vinculado a él puede convertirse en presidente del BCE; el empecinamiento y la miopía son cualidades lamentables pero superables en un presidente de banco central; la sospecha de corrupción, no.

Hasta los franceses parecen sospechar que Trichet puede ser un producto dañado para siempre. En los últimos días han estado buscando alternativas. Surgieron dos nombres:
Laurent Fabius, actual ministro de Finanzas de Francia, y Jean Lemierre, que maneja el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. ¿Pero por qué limitar la elección a los funcionarios y a la elite política francesa? Europa es grande, con muchos talentos distintos. Hasta la misma Francia tiene más para ofrecer que funcionarios públicos de carrera y políticos veteranos.

Greenspan no fue un funcionario de carrera del banco central de Estados Unidos antes de hacerse cargo de la Reserva Federal. Y el Banco de Inglaterra, antes de Sir
Edward George, acostumbraba a elegir a sus gobernadores en la City, no de entre sus propias filas ¿Por qué no debería el BCE considerar la candidatura de Jean-Marie Messier, que transformó a Vivendi Universal SA de una antigua empresa cloacal en una de las principales firmas mundiales de medios de comunicación? ¿O Michel Pebereau, quien como presidente ejecutivo de BNP Paribas SA empezó a reformar y modernizar el sector bancario francés? Afuera de Francia, ¿qué tal Emilio Botín, quien como copresidente de Banco Santander Central Hispano SA creó uno de los mayores bancos nuevos de Europa?


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