Los precios al consumidor en EE.UU. crecieron 7,5% en los doce meses a enero, por arriba de los pronósticos y cualquier otro registro en 40 años. El mayor trauma, sin embargo, no es el salto de precios del último año sino su velocidad actual. Sólo en enero avanzaron 0,6%. Décima más, décima menos, es su ritmo desde el “pico” de octubre. No importa qué se mire, la variación general promedio, su versión núcleo, una media recortada o la mediana, todas acusaron 0,6%.
O sea, 7,4% anualizado. Se esperaba una merma a 0,4% porque ómicron moderó el gasto, y mejoró la logística. Ni rastro. Y conste que los servicios afectados por la pandemia se abarataron 1,3%. La visión de una marea en repliegue -en diciembre mermaron los precios mayoristas de los bienes finales y los de importación y exportación- chocó contra la evidencia de un cambio problemático en su composición. Se desacelera la suba a dos dígitos de los precios flexibles, pero se empina el alza de los rígidos, la parte más difícil de abatir, a un ritmo anualizado que orilla 5,5% (crecían a 3% cuando la inflación estaba dominada).
Ahí yace el drama a futuro. Los precios de los servicios, incluyendo la vivienda, corren de atrás, es cierto, pero su demanda no alcanzó aun el nivel prepandemia en una economía que ya produce 3,1% más. Menos demanda de bienes y más de servicios es la hoja de ruta. En otras palabras, se atisba menos inflación de la variedad transitoria y más de la persistente.
Una golondrina no hace el verano. No se esperaba más de enero. Y no, el invierno crudo no afloja. Se dijo dos semanas atrás: la Fed ansía un aterrizaje suave. En principio, con un lenguaje áspero y no mucho más, hasta marzo. Pero si la inflación se resiste nos entrena para la maratón. La idea del sprint, pues, se posterga. Todo enero fue un examen de estrés provocado por el banco central y su comunicación. Y los mercados lo sufrieron pero soportaron el chubasco, por su cuenta y sin ningún auxilio oficial. Los futuros de Chicago que consideraban dos o tres subas de tasas este año ya cotizan seis o siete después que Powell borró tajante cualquier ilusión de un put en ciernes. Entiéndase la situación.
La Fed abandonó la prevención, y adoptó un enfoque flexible. Así la inflación pudo retozar a gusto mientras EE.UU. retomaba el pleno empleo en tiempo récord. Y ahora hay que cortarle el paso. 7% es exceso de velocidad (y también 5,5 /6% que es la prisa del deflactor de consumo que sigue la Fed). Hay que devolver la tortuga ninja a la parcela de 2%. ¿Se frenará sola?
Su alimento principal, la expansión fiscal, se acabó hace tiempo. Quien padece covid y pierde su jornada de trabajo hoy no recibe compensación alguna. El ingreso de los hogares cae mes a mes pero los ahorros acumulados son ingentes todavía. La Fed comenzará a izar las tasas en marzo. Y, ¿en julio?, a retirar liquidez (una medida simbólica en 2022). Cercenadas sus fuentes, la inflación va a declinar, pero ¿cuánta munición habrá que disparar? Esa es la cuestión. En rigor, a los mercados los afectó menos la noticia que la reacción violenta de James Bullard, el halcón de St. Louis. Su nueva receta: una suba de 100 puntos base, a más tardar al 1 de julio. ¿Se le queman los papeles a la Fed de Jerome Powell?
Son tres reuniones, una de ellas debería gatillar medio punto de alza. O se precisa un aumento entre reuniones. ¿Se asustó la Fed? Bullard, días atrás, decía que un alza de medio punto no era útil y ahora la exige. Sí, pero a título personal y hasta el momento en soledad. La Fed deslindó rápido posiciones. A través de la prensa, en off the record, difundió que la mayoría no cree en una agenda de urgencia. Las compras de bonos se mantendrán hasta el 9 de marzo (la semana previa al mitin). No hay tiempo así para un ajuste fuera del calendario regular. ¿Aquí no ha pasado nada? Tampoco. La Fed corrió a los mercados con su guidance, y ahora la realidad los corre a ambos. La tasa de dos años subió un cuarto de punto en una rueda (lo que evocó 2009), las tasas largas sobrepasaron 2% y la curva se aplanó sensiblemente.
Los futuros cotizan su inversión en 2023. ¿Es la señal de una recesión? ¿Causada quizás por un volantazo de la política monetaria, a lo Bullard? No. Es un sacudón del camino. Estamos en un fuera de pista, hay que abrochar los cinturones, y por Ucrania, ponerse el casco. La suba de tasas no comenzó y ya se fracturó el consenso sobre lo que hay que hacer, a la vista de todos. Es natural aunque no tranquilice. Las decisiones son data dependientes, y la información fresca obliga a recalcular la mejor estrategia.
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