¿Habrá que cuidarse de los “idus” de marzo? ¿O es un fetiche del pasado? Muchas de las amenazas de estos tiempos traen fecha de vencimiento. La tregua de la negociación comercial con China, los capítulos de la saga sinuosa del “brexit”, las reuniones de los bancos centrales, la eventual colisión con el “techo” de la deuda pública en los EE.UU. Marzo presenta así una agenda sobrecargada. El presidente Donald Trump fijó el 1 de marzo como límite para arribar a un acuerdo comercial con Beijing. Caso contrario, ordenaría un aumento extra de aranceles sobre 200 mil millones de dólares de importaciones chinas (de oblar un 10% pasarían al 15%). El propio Trump, sin embargo, se ocupó de desactivar la tensión antes de que surgiera. Y ya lo había hecho en enero. Tras citar “grandes progresos” en las conversaciones, en un mismo tuit avisó que la sanción se posterga. ¿Qué pasará con el “brexit”? Theresa May apretó el botón nuclear -el Artículo 50 del Tratado de Lisboa- el 29 de marzo de 2017. Accionó el reloj que concede el plazo de dos años para que un miembro de la Unión Europea negocie los términos de su separación con los miembros remanentes. Es decir que el próximo 29 de marzo, a las 11 de la mañana, Gran Bretaña dejaría de pertenecer a la Unión. May llegó a un arreglo con Bruselas, pero, en Londres, el Parlamento no lo aprueba. ¿Se marchará, entonces, sin fijar reglas con el portazo del hecho consumado? Sería un caos formidable. ¿Habrá un agónico segundo referendo y la posibilidad de permanecer? Por primera vez, Jeremy Corbyn, el líder laborista, lo acepta de forma abierta. Pero esa es la carta que juega May. Obligar a los defensores a ultranza del “brexit” duro a ceder en sus pretensiones, y aceptar como mal menor el “brexit” blando que pactó la premier, so pena de quedarse sin el pan y sin la torta en una segunda consulta popular. ¿Vale la pena preocuparse por este ajedrez tortuoso, y correr en busca de refugio? Los mercados no lo hacen. Así como Trump reculó (escalar el conflicto se podría tornar un búmeran inmanejable), Gran Bretaña -según fallo de la Justicia europea- podría detener el reloj a último minuto y preservar el statu quo por tiempo indefinido.
Los peligros acechan, pero Wall Street no los refleja. Trump, esta última semana, fue Nixon. Fracasó en Vietnam y no pudo evitar la verborragia de un garganta profunda (su exabogado personal, Michael Cohen, lo acusó de “racista, estafador y mentiroso” en el Congreso). La cumbre con Kim Jong-un se levantó de golpe ni bien quedó claro que Corea del Norte no aceptaba los requerimientos de Washington. Trump ya no es Frank Sinatra. Ya no canta A mi Manera. La demócrata Nancy Pelosi le cambió la letra en el Congreso. Y ahora Kim le canceló el show de luces sin preaviso. Wall Street, por su parte, se recuperó por completo de la debacle de diciembre, salió de la zona de corrección, negoció calmo la última semana (ajeno a las buenas y malas noticias). A las encuestas de confianza de los inversores minoristas ya no las gobierna el miedo, sino, otra vez, la ambición. Pero no hay desbordes. El índice S&P500, a sólo 4,3% de los récords absolutos, lateraliza, se toma un descanso, no denota urgencias por trepar. Para reclamar mayores alturas está flojo de papeles. Otra será la actitud cuando Trump resuelva por fin la disputa con China, y se abrace con Xi Jinping. Mientras tanto la receta es muy sencilla (y eficaz): recostarse en el poder de Powell -en la potencia del “put” implícito de la Fed-, ver y esperar (a que Trump haga un gol cantado, aunque sea de utilería como el de junio pasado con Corea del Norte, en la cumbre de Singapur). ¿Es mucho pedir? ¿O los idus de marzo nos clavarán un puñal? También la Fed está obligada a ver y esperar. No sólo por la debilidad de la situación global. Hoy se sabe, tras conocerse los números del cuarto trimestre, que la economía de los EE.UU. está sobrestockeada, y dada la desaceleración del consumo, llevará algún tiempo más absorber existencias y propulsar un repunte de la producción. El pronóstico en tiempo real de la Fed de Atlanta -por caso- estima un crecimiento de sólo 0,3% en el arranque de 2019. Las espaldas están cuidadas. Si los balances van a decepcionar, lo harán recién después de mediados de abril. Una ironía: el mayor riesgo asoma tras un arreglo con China, si la Bolsa se desata al alza, y la Fed decide dar por agotado el guión de la paciencia. Pero mientras se verifique en dicho orden es un percance que la disciplina puede evitar en la cartera.
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