La discusión sobre el ALCA posible
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Queda claro que la frustración de Seattle, la de Doha, Cancún y las que vendrán en relación con la falta de resultados en las rondas de negociación de la OMC, no está solamente vinculada a la falta de voluntad negociadora de los países líderes, ni a los desacuerdos en los diferentes «trade off».
El proceso de negociaciones y las sucesivas rondas del GATT/OMC fueron exitosos, en sus primeros años, cuando se discutían temas «de fronteras», cuando el comercio era sobre «bienes mensurables», y las relaciones económicas entre los países eran de «baja» velocidad.
Ahora, en cambio, el eje de las negociaciones se desplaza de la «frontera y sus temas», al interior de los países. Dicho de manera grotesca: el nuevo paradigma tecnológico-comercial pone en discusión qué y cómo deciden los gobiernos dentro de sus países. La «soberanía» y el propio concepto de Estado-Nación pierden peso relativo.
De esta manera, la explosiva proliferación de acuerdos de libre comercio entre los más diversos países en los últimos años no debe ser leída como un «avance» hacia un comercio mundial más libre, sino una consecuencia del nuevo escenario donde resulta más fácil dar «respuesta» a los nuevos temas en acuerdos de pocos países, inclusive donde las diferencias culturales y geográficas pueden ser menores.
En este contexto, la negociación del ALCA será funcional a los intereses de los países de América, en la medida en que sea útil para profundizar esta dirección «correcta» que los países latinoamericanos están llevando adelante en los últimos años, y será negativa -no será- si se pretende «bypassear» estos procesos en marcha.
Desde una perspectiva argentina, la «discusión» interna de los efectos del ALCA ha estado «escondida» atrás de la discusión agrícola. Para ser precisos: suponiendo -cosa utópica-que los otros países aceptaran todas las demandas agrícolas argentinas, deberíamos preguntarnos: ¿nuestro país, sus industrias y los intereses industriales vinculados, estarían dispuestos a «abrirse» más aún a la competencia de las empresas americanas? ¿Está preparada y dispuesta nuestra industria para eso? ¿La ventaja de acceso preferencial que el Mercosur nos da para el mercado brasileño, estamos dispuestos a cederla en esta negociación? En realidad, la cuestión agrícola, que tanto desde el punto de vista político como técnico siempre se supo que no tendría resolución en la «mesa americana» (esto es, sin incluir el resto del mundo y básicamente la Unión Europea), ha sido funcional a los intereses industriales de Brasil y la Argentina, de postergar una discusión y una probable negociación, para la cual no está claro que estuvieran preparados y dispuestos. Para ser precisos, no parece ser conveniente para los procesos de inversión que ambos países necesitan para su crecimiento. No es comercio lo que se discute. Lo que se está discutiendo es dónde se va a radicar la inversión futura -lo que significa dónde se generarán puestos de trabajo dinámicos-, y no está claro ni técnica ni políticamente cuál es el camino.
En definitiva, un camino más prudente será quitarle «peso específico» a la fecha de 2005, y entender la dirección correcta que los procesos de integración y «new regionalism» de Latinoamérica están teniendo. El «spaghetti bowl» de los diferentes acuerdos, con sus disciplinas y reglas de origen diferentes, es simultáneamente una respuesta indicada para los nuevos desafíos y una dificultad mayor para un adecuado «fluir» de las actividades comerciales y de inversión. «Desatar el nudo sin pretender cortarlo» es la dirección más apropiada que esta negociación debe tomar.
Lo que implica buscar un set «de disciplinas comunes» que permitirían «limitar» los efectos del «deadline» de 2005, transformándolo en un «ongoing process», donde el desafío de los países latinoamericanos será arbitrar esto último, con una pérdida del peso específico del defensivo -y adecuado- «singleundertaking». Al mismo tiempo, se generará un mecanismo de negociación bilateral con EE.UU. que francamente reducirá la capacidad negocia-dora individual. En definitiva, una ALADI en inglés, donde bajo su paraguas se cobije el NAFTA, el acuerdo de Chile, los posibles acuerdos del Caribe y Centroamérica, donde la Argentina y Brasil perderán algunas preferencias relativas y donde quedará explícito el trabajo pendiente entre EE.UU., el CAN y el Mercosur.
Una vez más, una adecuada mezcla de dosis de realidad y utopía determinará si este proceso abierto en 1994 se puede transformar en un instrumento genuinamente útil a los intereses de los países en desarrollo de nuestro continente. Intereses que tienen como factor común excluyente un crecimiento más equilibrado y sostenible en el tiempo.



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