29 de septiembre 2003 - 00:00

La estrategia de integración

El ALCA no es otra cosa que la extensión a todos los países del continente del acuerdo de libre comercio que los Estados Unidos firmaron con Canadá y México en 1994, en virtud del cual se libera de todo tipo de gravámenes y restricciones el comercio mutuo entre las 3 naciones al cabo de un período de perfeccionamiento.

Estados Unidos dispone de un atractivo muy intenso para inducir a las naciones de la región a firmar acuerdos similares, y es que posee el mayor mercado del mundo, medido éste por la dimensión del PBI y también por la magnitud de sus importaciones. Un primer dato a tomar en consideración es que no hay otro país en la región que pueda ofrecer ni remotamente un imán semejante.

Como superpotencia que son, los Estados Unidos no pueden renunciar a su soberanía arancelaria externa, como hubiera sido si el NAFTA fuese una unión aduanera y no una zona de libre comercio, como es, dado que sus intereses geopolíticos, estratégicos y económicos abarcan el mundo entero. Sujetar su arancel externo común a un acuerdo con un grupo de naciones hubiera significado una limitación a su capacidad de utilizar el instrumento arancelario con el resto de las naciones del mundo, limitación incompatible con una estrategia de dimensiones planetarias.

•Destino atado

Con la firma del NAFTA, Canadá y México atan su destino económico al de los Estados Unidos por la profundización de lo que ya era una extraordinaria concentración de su comercio exterior con la mayor economía del mundo, fenómeno que se repite en el área de las inversiones, el financiamiento, el intercambio tecnológico, la adquisición de empresas, etcétera. Este acuerdo le ha permitido a México transformarse en la más importante potencia exportadora de la región, con más de 180.000 millones de dólares de exportaciones, superando al conjunto de las restantes naciones de la región, y aventajando a Brasil en esta materia en más de 100.000 millones de exportaciones dado que la nación azteca exporta 1.800 dólares anuales por habitante, mientras que la economía brasileña, no obstante su potencialidad, exporta por habitante un promedio de 350 dólares.

La entrada en el NAFTA determina para México las prioridades tanto de su estrategia de desarrollo interno como de sus objetivos de política exterior, apuntando la meta endógena a la adecuación de todas sus estructuras al tremendo desafío de competir con éxito con la economía más poderosa del mundo, y direccionando la meta exógena a diversificar al máximo el destino de sus exportaciones y las fuentes de origen de la recepción de inversiones y financiamiento, a fin de reducir la dependencia de la economía estadounidense.

Chile, con la firma del acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, ha dado la prueba más contundente de la extraordinaria coherencia de su estrategia de desarrollo, la que, al ser mantenida por sucesivas administraciones, revela con absoluta claridad que esa estrategia, basada en someter la economía a la máxima competencia mundial factible, es una política de Estado y no meramente de un gobierno. Aquí radica el secreto de su notable comportamiento económico, que convierte a la economía chilena en la más solvente y dinámica de la región, la más internacionalizada de todas, y la que más se está acercando a los umbrales del desarrollo.

La estrategia de integración regional de Brasil está en línea con su aspiración de ser reconocida como la única gran potencia de Sudamérica en virtud de sus dimensiones económica, industrial, demográfica y geográfica, y por lo tanto la misma apunta a la constitución de un espacio económico sudamericano que incluye como requisito esencial el que sea una unión aduanera y no simplemente una zona de libre comercio y que, además, la tarifa externa común adquiera un carácter de neto corte proteccionista.

Sin unión aduanera no hay espacio económico unificado hacia el resto del mundo, lo que supone la existencia de un trato privilegiado en materia de comercio exterior de los países integrantes, tanto mayor cuanto más importante sea ese privilegio mutuo. Brasil tiene la economía más industrializada de toda Latinoamérica, por lo que la formación de un mercado protegido en el ámbito de Sudamérica implicaría sumar 150 millones de personas a los 175 millones de su mercado interno, haciendo posible que la industria brasileña mejore su dimensión de escala operativa, ganando competitividad no sólo en el ámbito regional sino también en el mundial.

La estrategia brasileña de integración para que pueda cumplir el objetivo estratégico de desarrollo para el que fue diseñada, tendría que contar con el mayor número posible de países sudamericanos que adhieran a esa iniciativa, de la que ya Chile se ha autoexcluido al firmar el acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, lo que le impide formar parte de una eventual unión aduanera sudamericana. El Mercosur, cuyas obligaciones han sido incumplidas por todos sus integrantes, o debería desaparecer al integrarse en un esquema geográficamente más amplio, o el Grupo Andino debería formar parte del Mercosur en un esquema coherente para no repetir la incoherencia de lo que sucedió en su momento con la ALALC, que terminó con la total frustración de este proyecto.

•Obstáculo

Para Brasil, el ALCA no sólo no es una prioridad para el desarrollo de su economía, como sí lo piensa Chile y probablemente el actual gobierno del Uruguay, sino que constituye el obstáculo central para tener éxito en su estrategia de integración, porque hay una incompatibilidad objetiva entre negociar una zona de libre comercio con los Estados Unidos y formar un espacio económico protegido en Sudamérica. Ambas metas se excluyen mutuamente porque responden a filosofías y objetivos completamente diferentes. Sin un coeficiente importante de protección. no hay proyecto de integración que pueda calificarse como tal.

La prueba ratificatoria de este importantísimo y central principio que hace a la esencia misma de toda iniciativa de integración es la Unión Europea que, luego de 45 años de firmado el Tratado de Roma, termina de rechazar en México toda alteración significativa de su fenomenal esquema de protección agrícola, y sólo firma acuerdos de libre comercio con economías mucho más débiles y siempre y cuando no pongan en riesgo ese proteccionismo.

La integración es siempre una definición política con contenido económico, y no, como parece creerse, un proyecto económico que reclama apoyo político para su concreción. Para tener la mayor claridad posible al momento de tener que tomarse una decisión de fondo en este tema central, hay que tener siempre presente que lo que está en juego es tanto la filosofía económica que va a inspirar la política de desarrollo de cada nación, como el signo conceptual que presidirá su política internacional, debiendo existir entre ambas la más alta sincronización posible.

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