La inflación de EEUU trepó a 4,1% (interanual) en mayo, su techo en tres años. En febrero, registraba 2,9% cuando comenzó la guerra en Irán. La contienda redujo de súbito la oferta de energía (y otros insumos importantes). La actividad económica resistió el shock frontal. El empleo y el gasto, también. En cambio, los precios de la canasta de consumo se dispararon al alza con rapidez. Y aún si se excluye el impacto directo sobre la energía y los alimentos, la inflación núcleo se elevó, en apenas tres meses, de 3% a 3,4%. Hoy la prioridad es poner en caja a una inflación que duplica la meta oficial de 2%.
La Fed cambió de mando. Kevin Warsh, el nuevo elegido de Trump, asumió al timón. Jerome Powell regresó a su antiguo rango de gobernador. El mandato que los rige no varió, es el mismo. Warsh lo machacó en su reunión de bautismo: el norte de su gestión es (recuperar) la estabilidad de precios. La silueta de un aumento de tasas de interés antes de fin de año emergió nítida culminado el mitin.
La guerra, que iba a ser breve, se prolongó. El cierre iraní del estrecho de Ormuz se complicó desde abril con un bloqueo naval dispuesto en represalia por los EEUU. Hubo que echar mano a los combustibles en tránsito y a los inventarios (incluyendo las reservas estratégicas) para mitigar la presión sobre los precios. Una tregua – sellada el 7 de abril – sirvió para preservar la infraestructura de energía de la región. Y, finalmente, dos semanas atrás, EEUU e Irán firmaron un memorándum de entendimiento que es el punto de partida para alcanzar en dos meses una paz perdurable. Y así como la guerra causó daños con rapidez, el incipiente proceso de paz comenzó a desmontar la escalada de los precios con gran celeridad, aun cuando las restricciones de la oferta siguen mayormente en vigencia (y la violencia no cesó).
Ningún ejemplo más notable que lo ocurrido tras el ataque con drones que sufrió el carguero Ever Lovely de Singapur, el jueves, cuando transitaba el estrecho de Ormuz por la ruta sur, la más cercana a la costa de Omán. Trump acusó a Irán de violar abiertamente el acuerdo provisional. Y al día siguiente, la aviación de EEUU tomó represalias contra instalaciones militares iraníes. Ese mismo viernes, sin embargo, los futuros del crudo cayeron 3%. Navegar Ormuz, sin ceñirse a las instrucciones iraníes, es un peligro. Pero, no importa el intercambio de misiles (el fin de semana, Irán atacó Kuwait y Bahrein), los precios de la energía – al ras de los 70 dólares por barril de WTI – descuentan la paz plena. La convicción es que los flujos de producción y abastecimiento se reanudarán, más tarde o más temprano. Y que asomará una normalidad no muy distinta de la precedente. La fractura de la OPEP – los Emiratos Árabes Unidos ya se apartaron del cartel y hay otros candidatos a seguirles los pasos – presagia una oferta quizás más abundante.
La Fed de Jerome Powell debió lidiar en 2025 con otra guerra que lanzó Trump con idéntico entusiasmo: la del comercio, que tuvo su apogeo con la cruzada de los aranceles recíprocos el 2 de abril. Y si bien la inflación repuntó, y tronchó la convergencia a la meta de 2%, el banco central no dudó: era un shock temporario. Como tal – en esencia, un aumento de precios por única vez - juzgó innecesaria una respuesta agresiva de la política monetaria. La Fed no amenazó con una suba de tasas. Y cuando, en la segunda mitad del año, el mercado laboral arrojó señales de anemia, dispuso tres recortes de un cuarto de punto entre septiembre y diciembre. Powell & Cía. aceptaron la convivencia con una inflación en alza (en el entorno entre 2,7% y 2,9%, según el deflactor del consumo personal). Aun en pleno empleo, la prioridad fue disipar el peligro de un enfriamiento. ¿Habrá alguna lección en la experiencia de 2025 aplicable un año después, ya con una nueva conducción en la Fed? Si el costo de la energía vuelve a su nivel de preguerra, ¿no confirma la naturaleza transitoria del raid inflacionario?
Sobre llovido, mojado. El shock de Ormuz sucedió al trauma arancelario de 2025 sin darle tiempo a que el aumento transitorio de la inflación se revirtiese. Esa cadena de shocks temporarios hace del ascenso de la inflación un fenómeno persistente. Biden la había dejado rumbeada hacia su meta. Pero la cruzada arancelaria le cambió la dirección. Y la elevó a 2,7% / 2,9%. El bloqueo del Golfo Pérsico la catapultó a más de 4%. Está claro que la paz con Irán facilita una descompresión notable. Las proyecciones de la Fed estiman una inflación de 3,6% (núcleo= 3,3%) a fin de año. John Williams, de la Fed de Nueva York, arriesgó 3,5%, el viernes. Pero para retomar la senda de la convergencia, el banco central (a través de su mapa de puntos ex Warsh, quien se abstuvo de opinar) considera que habrá que subir las tasas de interés un cuarto de punto, a más tardar en diciembre. ¿Qué pensará el flamante chairman? No se sabe. Prefirió guardar silencio. Aunque, en principio, el que calla, otorga.
El BCE elevó sus tasas dos semanas atrás. La Fed eligió mantenerse de brazos cruzados. El acuerdo que concedió Trump – y el alivio de los precios de la energía - le bajó el costo de oportunidad a la espera. En los hechos, el banco central repite el libreto de 2025 pese a la inflación en 4%. Lo que cambió es el sesgo de la política monetaria. A su modo, con pocas palabras, Warsh comunicó un viraje agresivo. Por sus frutos se reconoce la intención: que el mercado se ocupe de endurecer las condiciones financieras de inmediato. Esto es, que los bond vigilantes – y el dólar – hagan el trabajo sucio de comenzar a restringir la liquidez. Ya nadie habla de la debacle del dólar, un tópico de moda. Su apreciación lo impide. Cuando, a la par, las tasas de dos años rozaron 4,25% la semana pasada el apretón se sintió sobremanera. ¿Dónde están los emblemas del exceso de liquidez (y de la vista gorda del banco central)? El oro cayó más de 10% el último mes. El índice Bloomberg de commodities, 9%. Bitcoin, que tiene sus propios problemas de indigestión,18%. De palabra, Warsh mueve la estantería y los amuletos que alertan sobre la inflación se caen a plomo. ¿Deberá subir la tasa de fed funds? ¿O alcanza con el susto, y la recomposición de la oferta de energía? La Fed quiere averiguarlo antes de tomar una decisión. Con la promesa de una paz en camino, el reloj no lo apura.
No obstante, la inflación puede ser más tenaz que lo esperado. De hecho, la Fed permitió que se escabullera de la meta de 2% en 2021 (la prioridad entonces era asegurar la recuperación de la economía post-Covid) y todavía no logró domesticarla. Un aumento de tasas de fed funds puede ser necesario. La inflación núcleo de los servicios (aun si se excluye el costo de la vivienda) subió 0,5% mensual en mayo. Y su variación interanual, que en febrero era 3,3%, alcanzó 3,9%. Es un ítem en alza vibrante, que no depende de los avatares de la guerra ni de la energía. Ahí está puesta la mira de los funcionarios.
La inteligencia artificial (IA) es una fuerza poderosamente desinflacionaria, decía un Warsh locuaz cuando estaba en campaña para ser designado por Trump en la Fed. Lo recordó esta semana, su mentor, Scott Bessent, el secretario del Tesoro. Sin embargo, en el corto plazo, el auge de la demanda de data centers y sus componentes, de microchips, software y electricidad, entre otros renglones, sindica a la IA como un factor de alta presión inflacionaria. Es verdad, la IA puede contribuir a un salto de productividad. Una cosa no quita la otra. Una economía que creció 2,1% en el primer trimestre, antes de la guerra; y quizás un poco más durante la guerra, ya se beneficia de esa pujanza. Izar las tasas en un contexto de recuperación sólida de la creación de empleo (y plena ocupación) e inflación por encima de la meta no debería irritar a nadie. Es más, la IA puede justificar una tasa natural de interés más alta (y no más baja como le vendió Warsh a Bessent y Trump en el proceso de selección). Distinto era el caso el año pasado cuando Powell gatilló tres recortes porque temía una destrucción de puestos de trabajo. De ahí, el interés por conocer, este viernes, la suerte del informe laboral de junio.
La Fed espera y no desespera. Las expectativas de inflación, implícitas en los precios de los bonos, se hundieron con el acuerdo en Irán. Las tasas de interés reales subieron. Y el dólar también. Las condiciones financieras se ajustaron con brusquedad: tanto que, en la semana, la tasa de dos años declinó 15 bps a 4,10%. Con su aparición en escena, Warsh mató tres pájaros de un tiro. Tomó el liderazgo de la Fed (rubricada por una votación unánime), cimentó su reputación como un halcón independiente (de Trump) y les ajustó el cinto a los mercados. Y no debió innovar en la toma de decisiones. No está mal. Y tiene todo el tiempo del mundo para definir si ejecuta o no la meneada suba de tasas. Ya expuso su compromiso con la estabilidad de precios. Es un calco del que tenía Powell. La Fed devolverá la inflación a 2%. No es un objetivo negociable, aunque tampoco urgente (mientras se conserve la credibilidad). Ambos coinciden también en la fecha más probable: no será antes de 2028.