ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

23 de noviembre 2007 - 00:00

La vida de los otros

ver más
Nilda Garré
El gobierno, después de 10 días de deliberación, despidió a un general ignoto (Osvaldo Montero) o poco conocido. Cumplía funciones como jefe de Inteligencia en el Ejército, y la excusa para exonerarlo -con despliegue privilegiado en un par de diarios que agradecieron con la tapa la primicia- fue que «operaba» o «conspiraba» contra la ministra de Defensa, Nilda Garré. Casi como si preparara un golpe de Estado, según esa visión medrosa e insegura que a veces asalta al oficialismo.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Se trata de una bochornosa «argentinada», al menos por tres razones que rondan el grotesco: 1) Se admite públicamente que al militar -del nuevo Ejército bendinista y kirchnerista que se supo conseguir- le grabaron las conversaciones privadas (en este caso, con otra funcionaria, la cual sigue en el cargo). Testimonios logrados sin que mediara la autorización de ningún juez: una vergüenza. Y, lo que es peor, como segunda vergüenza, ningún otro juez habrá de intervenir para investigar si esa acción de la SIDE constituye una violación a los derechos de un ciudadano. Algo así como el decreto presidencial que, sin prejuicios ni rubor, un día firmó Néstor Kirchner reconociendo que escuchaba a un fiscal de la Nación (Carlos Stornelli) y a su ministro del Interior, Aníbal Fernández. Sintomática confesión sobre un ejercicio habitual y típico en países poco democráticos, obsesivo placer sobre la vida de los otros. Con una reflexión adicional para advertir sobre la invasión a la privacidad: si así vigilan a los propios, a los más queridos, ¿cómo será de exigente el control sobre los ajenos?

2) La salida de Montero, en verdad, podría justificarse por su inutilidad para el cargo. Parece el colmo de un espía que al jefe de Inteligencia del Ejército le grabaran sus diálogos telefónicos sin que él lo advirtiera (tampoco sus expertos en comunicaciones). Como lo espiaba la SIDE, también lo podía espiar cualquiera. Falla doble o triple, entonces, por la cual deberían responder inclusive la incompetencia del comandante en jefe (Bendini) y hasta la propia ministra ( Garré). Si no merecía el sueldo, tampoco le correspondería una indemnización: de ahí, por ese pavor quizás, que esté internado en el Hospital Militar.

3) Sorprende hasta la burla que el gobierno, entre la Garré, el Presidente, el jefe de Gabinete, la mandataria electa y Julio De Vido, haya consumido 10 días para analizar el despido de Montero y, luego de tanto pensamiento, justificarlo en los medios como si se tratara de un atentado a las instituciones. Un episodio que no merecía 10 líneas en una página interior, con un desconocido como protagonista -perteneciente a una fuerza armada en disolución-, ganó sospechosamente la tapa de algunos matutinos elegidos. Quien se dedica a la difusión de los servicios oficialistas bien podría considerarse en el mismo rango de ineficiencia que el militar pasado a retiro. Tamaña primicia capciosa, por otra parte, resulta una ofensa a la sencillez del ingenio ciudadano luego de escucharse la desgrabación: lo que fue una manifestación de búsqueda para continuar en el cargo, el oportunismo de alguien que trataba de acomodarse a un nuevo ministro, se lo hizo considerar como algo más que una grave deslealtad: casi como el intento eterno de conspirar -finalmente, son generales-contra la estabilidad de una funcionaria de la democracia.

Un lector puede sonrojarse al leer estos desatinos. Casi por vergüenza ajena. Más atónito, en cambio, se deberá sentir frente a lo que no mandó publicar el gobierno: el caso Montero representa la feroz lucha interna de la Garré para quedarse con su ministerio, algo más que amenazado en su momento por Aníbal Fernández -quien, ayer, suelto de cuerpo afirmaba que jamás se le ocurrió esa idea, cuestión que podría demoler la propia ministra-; en esa pugna, además, incluyó el pedido a Kirchner para desplazar de la cúpula del Ejército a Roberto Bendini, y a Jorge Godoy como jefe de la Armada, solicitudes aún en suspenso. Refriega abierta en una administración en la que algunos juran que a ella la sostiene el ministro De Vido y, simultáneamente, la dama no disfruta de la mejor simpatía de Cristina de Kirchner. Pero ésas son, finalmente, conjeturas periodísticas, como aquella otra de imaginar que a Montero no sólo lo complicaron por un osado diálogo telefónico, sino también por un uso anómalo de ciertas partidas.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias