27 de abril 2001 - 00:00

Pou: "Tal vez alguien me está haciendo el favor de mi vida"

Es un día muy especial. Sin dudas, para mí. Ni triste ni alegre. Exageradamente temprano, tal vez. Creí que este día llegaría cuando tenía que llegar, en setiembre de 2004. Pero llegó mucho antes. Bienvenido, pues.

No quiero culpar a nadie. Porque nadie tiene culpa. Tampoco agradecer a nadie por este hecho. Porque no hay nadie a quien agradecer. Sin embargo, tal vez alguien, no sé quién, me está haciendo el favor de mi vida. O, al menos, del resto de mi vida.

Todos ustedes y yo hemos trabajado para hacer un sistema financiero solvente y estable, que le permita al país afrontar los shocks que podrían ocurrir, y que ocurrieron, como el shock asiático, el default ruso, la devaluación brasileña y finalmente la propia crisis argentina.

Hemos sido exitosos en nuestros esfuerzos. El sistema financiero no sólo ha absorbido muy bien esos shocks sino que ha contribuido a amortiguarlos. Así, en esta crisis reciente, los depósitos han caído muy poco, 4% desde que renunció el ministro Machinea. Pero esto no ha significado una caída similar del crédito interno, pues el efecto de la caída de los depósitos ha sido atemperado casi totalmente por la liberación de requisitos de liquidez, que fueron diseñados especialmente para eso. Incluso, ha permitido asistir al Tesoro en 2.000 millones de dólares en momentos difíciles para las finanzas nacionales.

Algunos expertos en la mate-ria, tanto en el país como en el extranjero, reconocen el valor del cambio producido en el sistema financiero. Otros todavía no alcanzan a ver lo importante de estas transformaciones. Por último, hay quienes sostienen todo lo contrario e incluso nos imputan que hemos producido la reciente recesión econó-mica con nuestras medidas.

Sólo el paso del tiempo podrá remover la pasión que nubla estos juicios de unos y otros y permitirá apreciar con mayor claridad lo actuado. Aunque, como decía Borges, más o menos, «el pasado es tan impredecible como el azaroso futuro». O su opuesto, «el porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer». Pero no los he invitado a este acto para uno de mis pesados discursos. Quiero simple-mente despedirme. Agradecer a todo el personal del banco y vinculado al banco, que ha colaborado en esta tarea de reconstruir el sistema financiero.

No me son fáciles las palabras. Menos para agradecer, y son tantos a quienes tengo que agradecer que mencionar a uno y no a otro podría ser injusto. Pero quiero agradecer al personal más cercano de mi secretaría, que a veces me ha soportado hasta lo insoportable, pero sobre todo por su lealtad y empeño. En particular, a Alicia, Teresa y Roberto, todos los ordenanzas, y Luisito, y la gente de la privada, Marta, Bettina y Elizabeth. Y Martín, por supuesto. Pero no quiero seguir porque no puedo nombrar a todos sin ser profundamente injusto.

Por eso les quiero agradecer a todos, en su medida y armoniosamente, como decía el general.

Al presidente que me honró con mi nombramiento y al que me deshonró con mi remoción, porque ambos tienen razón.

A los ministros que confiaron y respetaron mi juicio y al que no confió ni respetó mi juicio, porque ambos tienen razón.

A los directores que me acompañaron en las decisiones difíciles y a los que no me acompañaron, porque ambos tienen razón.

A los banqueros que creyeron en mis propuestas y apostaron a favor y a los que no creyeron y apostaron en contra, porque ambos tienen razón.

A los funcionarios que cola-boraron con ahínco y a los que no lo hicieron con tanto ahínco, porque ambos tienen razón.

 Amistad A los que me brindaron su amistad y a los que no me la brindaron, porque ambos tienen razón.

A los que me apoyaron en las horas difíciles y a los que me denostaron, porque ambos tienen razón.

A Clarita, Juanita y Mariela, que me acompañaron con su amor, y a Lilita, que lo hizo desde su pasión, opuesta tal vez, porque también ambas tienen razón.

«Porque en el paraíso, para la insondable divinidad, el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima, forman una sola persona.»

A todos, los que están aquí, los que no pudieron venir, los que no quisieron venir, les agradezco. Porque todos me ayudaron a crecer espiritualmente. Y de eso se trata este juego que jugamos cada día.

Me queda esa sensación de lo que dice mi amigo Pessoa en un libro que, estoy seguro, no es un presagio de mi futuro: «El libro del desasosiego». Lo importante es la tarea que hemos hecho juntos, lo importante es el fruto que dejamos para que madure, lo importante es el éxito que hemos obtenido.

No me despido, porque «quien se aleja de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida es la senda futura y recorrida. Nada nos dice adiós, nada nos deja
».

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