Oportuncrisis: un mundo sin burbujas ni alquimistas

Economía

La pandemia del coronavirus evidenció aquellos trabajos imprescindibles para el funcionamiento social, explotó la burbuja individualista y volvió a demostrar que siempre fue y será el proceso productivo aquel que genera dinero. La salida es colectiva.

En Argentina y en el mundo, la pandemia evidenció aquellos trabajos imprescindibles para el funcionamiento social y explotó la burbuja individualista de pensarse por fuera del colectivo humano. La economía del cuidado, esa que visibilizamos en cada paro internacional feminista desde 2017, ahora muestra su necesidad para evitar el caos.

No habría paz sin cajeras de supermercados, ni enfermeras, ni cuidadoras de personas adultas. Tan necesarias son las tareas de reproducción, que vemos casos donde obligan a las trabajadoras de sus casas a pasar la cuarentena con “cama adentro” o incluso intentos de entrarlas a escondidas en el baúl del auto, como si fueran un producto de limpieza más.

También es necesario incluir en este concepto de cuidado, que se expande en el actual escenario, a aquellos trabajadores de transporte. Desde el migrante precarizado de las aplicaciones de teléfono que te llevan la compra de supermercado y el delivery, hasta los transportistas de alimentos que nos aseguran que no haya desabastecimiento.

Sin embargo, estos trabajadores y trabajadoras, centrales en el funcionamiento social siguen concentrando pésimos salarios y condiciones laborales que en muchos casos son pre-gremiales. Basta decir que son los que ponen en riesgo su salud cada día para que muchos otros puedan seguir trabajando desde sus computadoras con internet, quejándose de lo mucho que se aburren en esta cuarentena.

Este parate económico muestra las diferencias económicas a flor de piel. Entre los que deben seguir trabajando como si no hubiera una pandemia y quienes tienen trabajos que pueden hacer virtualmente, entre quienes pudieron aprovisionarse para no salir más y quienes no saben qué van a comer mañana, entre quienes tienen un espacio donde recluirse y quienes viven hacinados sin el agua necesaria para respetar la pauta de lavado de manos recurrente.

Pero no debemos quedarnos sólo con las diferencias que existen entre los propios trabajadores, sino que esta crisis también golpeó a quienes viven gracias a su capital y quienes actualmente lloran ante pantallas que se actualizan a la baja (con las obvias excepciones de que seas un accionista del sector de salud o telecomunicaciones). Además de la sobredimensión que existe en la industria financiera, que se denuncia hace tiempo y que quedó demostrada en el crack bursátil que estamos atravesando, la crisis del coronavirus también vuelve a anclar la economía financiera a la economía real.

“El dinero genera dinero” es una frase que esta pandemia demuestra falsa. Siempre fue y será el proceso productivo aquel que genera dinero y para eso se necesitan a las y los trabajadores, que a su vez necesitan del trabajo reproductivo que los deja “listos para la acción”. Hoy, el parate económico permite que evidenciemos ese primer paso y que los accionistas lloren ante la imposibilidad de que el dinero genere dinero, luego de creerse tantos años la fantasía de ser alquimistas modernos.

Estamos ante una oportunidad histórica con una pandemia que nos obliga a reorganizar las prioridades y a poner al servicio de la sociedad los instrumentos que hemos sabido construir. Los países deben garantizar el cuidado, entendiéndolo como un derecho básico, si pretenden tener trabajadores productivos y salir de esta crisis. Los países deben generar normas que permitan una producción sostenible en términos sociales y ambientales que proyecten un mundo sin pandemias que nos recluyan. Son los países quienes deben coordinar y cooperar para regular al sistema financiero en su conjunto, para ponerlo a merced de la única economía que genera valor, la economía real, y superar así los límites que los propios estados se pusieron al intentar salvar la fiesta financiera luego de que cayera por su propio peso en 2008.

La pandemia explotó la burbuja del individualismo y de las finanzas, nos mostró interdependientes, desde el primero hasta el último eslabón, y marcó el camino colectivo necesario. Es momento de pensar el mundo que queremos, como expresión de deseo, pero también el mundo que sea sostenible para todos y todas.

(*) Economista (UBA), coordinadora de Economía Feminita y docente.

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