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17 de agosto 2020 - 00:00

Suben las tasas, merma el estímulo y la Bolsa no ceja en su empeño

No lo dispuso la Fed sino el mercado de bonos de manera independiente. No extrañaría que el salto coincida con la refinanciación del Tesoro.

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Jay Powell

Subieron las tasas de interés en Estados Unidos. De improviso. Fuerte. Hasta un cuarto de punto. Y no lo dispuso la Fed. Fueron los mercados de bonos de manera independiente. ¿Quién dijo que su conducta de vigilancia era asunto del pasado? ¿Regresa el celo de los bonos de la mano del déficit de las cuentas públicas que se multiplicó por tres en los diez primeros meses del año fiscal? ¿O es que la debilidad manifiesta del dólar hace que la demanda internacional de obligaciones del Tesoro comience a retraerse? La tasa de diez años trepó 17,5 puntos base en las cincos últimas ruedas. La de 30 años, todavía más. Un cuarto de punto redondo. O sea, los 25 puntos base que constituyen la dosis favorita de la Reserva Federal cuando debe meter baza en los fed funds de 24 horas. Sólo que el banco central ya sentenció que permanecerá ajeno a toda intervención alcista.

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En palabras de Jay Powell, su mandamás, la institución no está pensando ni en cuando empezará a tener que pensar en elevar las tasas de interés. Mientras tanto, y por escrito, promete continuar sine die con las compras mensuales de bonos del Tesoro (más títulos de agencia) por 120 mil millones de dólares. No importó. Las tasas largas treparon un escalón ostensible, sin pedir permiso.

Entiéndase: a pesar del padrino, los bonos cayeron igual. ¿Los habrá afectado la inflación? ¿Cuál? ¿La referencia abstracta que tanto agitan los entusiastas del oro? No, su registro flamante y concreto de julio. El que apaga el fervor por el metal (porque es capaz de hacer que las tasas alcen vuelo). Su presencia efectiva consta en las actas de la inflación mayorista y al consumidor (en sus versiones general y núcleo): clavó + 0,6%. ¿Lobo está? ¿Nos llega la factura de la fiesta antes de lo pensado? Bien podría ser un problema de digestión. Y no deberse a un único platillo, sino al menú completo. Sobran calorías: el gasto público que creció 50%, una expansión del crédito de la Fed del 75% desde la cuarentena, tasas cortas en cero y los primeros atisbos de inflación. No extrañe entonces que el salto de las tasas largas coincida con la refinanciación del Tesoro. Las dos primeras subastas -de obligaciones a 3 y 10 años- se absorbieron sin novedad. Fue la última pierna -la colocación de bonos a 30 años- la que trastabilló. Los dealers primarios tuvieron que quedarse con la quinta parte de la emisión de 38 mil millones de dólares. Un traspié que habrá que confirmar, o desechar este miércoles cuando el Tesoro vuelva a licitar los nuevos bonos a 20 años. Recuperados en el calendario oficial, precisamente para financiar los costos de la pandemia, compiten con sus pares de 30 años en el confín más lejano de la curva, allí donde la demanda siempre ralea.

Se encaramaron las tasas, la Bolsa no se inmutó (el oro cayó 3,7% en Chicago). ¿Es que acaso tiene que ser una mala noticia? ¿No queremos que la economía recupere la vertical? Ya lo hizo. ¿Será que por fin los bonos se convencen de que la mejoría va en serio? El menú de altas calorías es lo que el doctor recetó. El S&P500 lo leyó así y quiere hacer su agosto. Atacó los récords de febrero, los arañó y quedó a un palmo. La economía no es una tromba, pero las ventas minoristas son más altas que antes de la peste. Los pedidos iniciales de desempleo declinaron por debajo de un millón semanales, lo que nunca desde mediados de marzo. Y los nuevos casos de covid-19 reculan desde el 24 de julio. La inflación minorista sube: trepa 0,6% en julio y en los últimos doce meses, 1%. La tasa de 30 años salta un cuarto de punto. Sí, pero no llega al 1,50%. La de 10 quebró 0,70%. La curva de rendimientos se empina, y aporta otro signo de recuperación real. Todo incipiente. Todo dudoso, salvo la obstinación de la Bolsa. Las acciones sensibles a la tasa, servicios públicos y bienes raíces cayeron más del 1,3%. A la par, las cíclicas (industriales, de consumo y energía) volaron por arriba del 2%. Y, por primera vez también, sin el aguijón directo del estímulo creciente. Las tasas subieron, la hoja de balance de la Fed se redujo en 213 mil millones de dólares desde su máximo el 10 de junio, y los beneficios de emergencia que se les pagaba a los desempleados -600 dólares extra a la semana-caducaron a fin de julio. Y la política no los restableció. No se supone que haya que reducir la potencia del estímulo a esta altura, pero con el Senado en receso hasta septiembre, y sin turbulencias en Wall Street, conviene mentalizarse de que así será.

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