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Arnold Schwarzenegger
El propio nombre -Esperanza Ahora- de esta Armada Brancaleone que fusiona intereses contrapuestos sugiere un rapto de espiritualidad impensado para una actividad que dista en todo del ejercicio de la caridad. Pero, cuando se repara que la semana que pasó, E*trade vendió una cartera de u$s 2.000 millones en activos garantizados por hipotecas por la módica suma de u$s 800 millones en efectivo, se intuye una pista. E*trade prefirió pájaro en mano que cien volando. Eligió asegurarse 27 centavos por cada dólar de promesas. Aun los holdouts de la deuda pública argentina -a quienes no se les atiende el teléfono desde fines de 2001- pueden aspirar hoy a un recupero 30% superior. Queda claro que cobrar las acreencias en las arenas movedizas del subprime se ha convertido casi en un artículo de fe. Aun los tramos « supersenior» cotizan a no más de 70 centavos.
¿Cuál es la argamasa que une intereses tan distintos? ¿Por qué la mudanza de posiciones que deberían ser irreductibles? La fe mueve montañas.
El diablo, como siempre, está en los detalles. Ellos frenan la irrupción del « superfondo». Habrá que pulirlos con esmero para obtener una herramienta de uso efectivo. Si el plan Schwarzenegger sirve de guía, la iniciativa apuntará a descomprimir la situación de deudores que ocupan su propia vivienda, que están corrientes en sus pagos y que deberán demostrar que no están en condiciones de afrontar el empinamiento de las tasas.
Este último punto generará un dilema entre la pesadez de la resolución «caso por caso» y la velocidad de respuesta de un enfoque más general. En el caso californiano, los prestamistas pueden congelar las tasas por cinco años o más, dependiendo de las condiciones específicas de cada deudor. Esta es la letra chica a discutir. El entusiasmo por hallar una solución no debe ocultar los riesgos asociados: las modificaciones no serían operativas de requerirse la aprobación de cada uno de los titulares de los créditos. El plan potencia las facultades de intermediarios -cuyo deber fiduciario es hacia los inversores- con el objeto de beneficiar a los deudores. No en vano el diputado Mike Castle de Delaware produjo ya el borrador de una ley para cubrirles las espaldas.
Vale aquí traer a colación los cuatro proyectos de modificación del capítulo 13 de la Ley de Quiebras que están bajo tratamiento en el Congreso.
Aprobar esos cambios supondría la posibilidad de reestructurar las hipotecas sobre la vivienda de uso principal y, tal vez, también la de ajustar el monto de la deuda al valor del colateral («strip down»). Con visión de portafolio, un deudor corriente podrá tomar la decisión de acogerse al que juzgue mejor de dos tratamientos que hoy le están vedados: el congelamiento de tasas (que deja intacto su historial crediticio) o insolventarse bajo el paraguas de un remozado capítulo 13.
Se comprende así por qué los bancos se suman a las Cruzadas. Es una conversión de conveniencia como las de la España de fines de siglo XV. Más aun: si las tenencias de los bancos de primera línea son «supersenior» es factible que las nuevas condiciones -que deberían ser especialmente corrosivas para los tramos «mezzanine» y subordinados de crédito- puedan defender mejor su integridad al evitar los incumplimientos masivos (y las costosas ejecuciones).
Deberían interrumpir, al menos, la necesidad de registrar nuevos quebrantos. Si esto se logra, se facilitará la liquidez secundaria de los instrumentos y se reabrirá la puerta para desligarse, progresivamente, del problema. Otros jugadores -desde compañías constructoras hasta aseguradoras monolíneas- también respirarán con alivio.
¿Cómo impactaría sobre los planes de la Fed? Si la crisis se compara con una mancha de aceite, y el Tesoro consigue drenarlo de un piso resbaladizo, no hay dudas de que mejorará la tracción de la política monetaria. Si el secado fuera rápido, lo que hoy resulta improbable, no habría necesidad de nuevas reducciones de tasas de interés, más allá de la prevista para la semana próxima.




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