Con evidentes muestras de cansancio, O'Neill subió las escaleras que llevan al primer piso de la residencia del embajador de los Estados Unidos frente a los bosques de Palermo. Curiosamente, a las puertas de la mansión de la avenida Kennedy no había manifestantes hostiles a su presencia en el país.
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Lo esperaban, sentados a una mesa donde se habían servido café, brownies (ya casi una tradición) y galletas de sabor local, nueve periodistas de medios gráficos. Detrás, como en una platea, se acomodaron los corresponsales de medios estadounidenses que acompañaron al funcionario en su breve, pero agitada gira por Brasil, Uruguay y la Argentina. A ellos también se le notaba el agotamiento de tres países en dos días.
A diferencia de lo ocurrido con el subsecretario de Estado Otto Reich -el último funcionario del actual gobierno en visitar Buenos Aires, a quien acompañaron en su encuentro con la prensa el embajador James Walsh y un pequeño grupo de colaboradores- la charla de O'Neill tuvo como público adicional a una numerosa cohorte de traductores, custodios, jefes de prensa (propios y de funcionarios que lo acompañaron en la gira), taquígrafos y otros hombres y mujeres cuya presencia nadie explicó (tampoco nadie preguntó).
• Gente real
Como había poco tiempo (el compromiso era media hora de charla, que se extendió apenas a 35 minutos), la primera pregunta llegó demasiado pronto: el secretario dijo que primero quería decir unas palabras. Con unos pocos apuntes a mano, y un tono cansino -poco le queda del acento de su «mid-west» natal- O'Neill describió su visita a un comedor escolar (en Merlo), a una escuela secundaria (en Don Torcuato) y en una PyME metalúrgica (de Villa Urquiza). «La razón de estos encuentros fue poder hablar con la gente real de la sociedad argentina, para ver qué piensan y cómo viven». También dijo que había almorzado con un grupo de banqueros: «Hablamos de la necesidad de que el país vuelva a contar con un sistema financiero que funcione: para que haya crecimiento tiene que haber bancos, pero para que la gente lleve su dinero al banco debe saber que si hay un contrato que le garantiza el cobro de un interés, ese interés debe pagarse de acuerdo a lo pactado».
Sin embargo, según este hombre de cabello absolutamente blanco y lentes de marco rectangular, la visión más clara del actual estado del sistema financiero argentino la obtuvo de uno de los estudiantes secundarios que confrontó en el mencionado suburbio del norte del Gran Buenos Aires: «Este chico me dijo: 'acá no tenemos ni cheques ni tarjetas de crédito'».
• Aprendizaje
Quedó la duda si O'Neill había comprendido cabalmente lo que le decía el adolescente en la escuela Nº 2 de Don Torcuato; para los locales era casi obvio que sus palabras no apuntaban a una falencia en la provisión de medios de pago. De todos modos, O'Neill insistió en que «hoy aprendí un montón» («a lot», literalmente). Y hasta se permitió un comentario digno del abuelo (tiene doce nietos) que es: «La experiencia más satisfactoria de hoy fue nuestro contacto con los chicos del comedor infantil».
Después vinieron las preguntas y las respuestas, muchas de ellas evasivas (y no punzantes con las que habitualmente conmociona a los medios). Fue de algún modo una desilusión para quienes lo entrevistaron. Sin saludar a sus interlocutores, se levantó y se dirigió a un cuarto contiguo, donde los «plateístas» se convirtieron en protagonistas: O'Neill les dedicó los últimos quince minutos de su estadía en Buenos Aires. Fue un partido a puertas cerradas: los periodistas argentinos fueron invitados gentilmente a retirarse.
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