Una reforma agraria encubierta
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A la cultura prebendaria se añade una cosmovisión autoritaria, que concede a los Kirchner, a los Fernández, a los De Vido y a los Moreno, derecho y capacidad para decidir cuáles son los niveles de rentabilidad «adecuados» o « tolerables» y quiénes merecen ganar más y quiénes menos. ¿Somos acaso dueños del producto de nuestro trabajo si desde un despacho oficial pueden fijar el valor al que debemos transferirlo? En ese marco, el hombre pasa a trabajar bajo un régimen de concesión y deja de actuar como legítimo propietario con pleno ejercicio de la libertad de comerciar.
El núbil ministro ha hecho, pues, sus deberes: la dura labor de los chacareros asegurará que príncipes y cortesanos continúen viviendo sin atribulaciones de la mágica caja política.
Se puede meter mano a gusto en la economía; sólo hay que hacerse cargo de las consecuencias. Y si bien la suba de las retenciones poco tiene que ver -como quiere venderse-con el combate a la inflación, el latrocinio acarreará inevitables pesares a la actividad.
Queda ante todo claro que este modelo económico puede llamárselo de cualquier modo menos productivo. Pues no sólo castiga la producción sino que lo hace particularmente en los sectores más productivos y eficientes. A los chacareros, por caso, más les valdría especular en la compra y venta de sus insumos -los fertilizantes han duplicado su valor esta temporada-que labrar sus tierras. O dedicarse a la especulación financiera, arbitrando bonos públicos desvalorizados por una inflación tramposa contra bonos también públicos ajustados por un PBI tramposamente inflado (34 % de renta directa en 14 meses).
El aumento de los derechos castiga especialmente a los propietarios de los campos antes que a los arrendatarios y grandes empresas de siembra que acostumbran pactar los alquileres en quintales de soja. Y será particularmente gravoso para los chacareros de las zonas marginales.
Cierto es también que la actividad da señales de no tener el vigor que la mentira estadística le atribuye. Es que el subestimar la suba de precios tiene como obligado correlato la sobreestimación de las cantidades producidas en la economía.
Ya desde julio comenzaron a meter mano en los indicadores de la actividad manufacturera para disimular las consecuencias del faltante de energía. Desde ese mismo mes, las estadísticas de supermercados y shopping vienen sufriendo manipulaciones que minimizan la suba de precios en esos locales e inflan consiguientemente el crecimientos de las ventas. Nuestra estimación sobre la evolución real de las ventas físicas de los supermercados en enero arroja un aumento de 6,8% interanual, en lugar de 25% anunciado.
La correspondiente a los centros de compra está en un rango de entre 0,5% de caída y un aumento de 1,1% interanual. Es obvio que los incrementos en la presión tributaria -que llegan a ser brutales en el campo, que es precisamente el sector de la economía que más invierte-y el aumento en los costos laborales y en los aportes a las AFJP (de 7% a 11%), junto a la incipiente recomposición tarifaria, restarán fuerza a la demanda del sector privado. Tampoco es menos cierto que todo este creciente enjambre de retenciones y compensaciones dejan en el más estridente ridículo nuestros reclamos contra los subsidios agrícolas en la Unión Europea y Estados Unidos. Y, peor aún, inoculan en el sector más competitivo de nuestra economía el virus de la dependencia del Estado y la consiguiente tentación por el lobbysmo prebendario, actividad predilecta -y no poco rentable-de la burguesía kirchnerista.




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