La colección Tedesco revive el arte argentino contemporáneo

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Ernesto Ballesteros es uno de los artistas más destacados de la muestra que se hace en el Centro Borges.

El Centro Cultural Borges ofrece en estos días la oportunidad de descubrir la colección de Esteban Tedesco dedicada al arte argentino contemporáneo. No es la primera vez que se presenta; de hecho, en las páginas de este diario se han comentado otras ediciones. Pero la muestra actual luce renovada, con 300 obras nuevas para la mirada del espectador. El conjunto es apenas una parte de un patrimonio que supera las 1.200 piezas, donde se reiteran los nombres de los artistas favoritos de Tedesco.

Hay coleccionistas que se destacan por su intuición, otros por sus experiencias extraordinarias; algunos pasaron a la historia por la inteligencia de sus planteos o las tesis que sustentan sus conjuntos, por la radicalidad de sus elecciones o por la atención que le dedican a sus posesiones y a los artistas en los que creen. La admiración de Tedesco por las obras de Ernesto Ballesteros se confirma en esta muestra.

Desde el ingreso al lobby del Borges se divisan las fotografías de la serie “Fuente de luz tapada”, paisajes donde unos círculos negros superpuestos sobre las luminarias provocan extraños eclipses. Realizadas a partir de 2001, las imágenes se exhibieron por primera vez en el Borges en 2003 en una exposición casi íntima,y más de una década después la foto del Planetario ilustró la portada del catálogo de una gran muestra en la Maison Rouge de París. Hoy, Tedesco, agradece a los curadores Virginia Fabri y Eduardo Stupía la selección de estas obras que por falta de espacio permanecen guardadas en los depósitos del Borges. Y no oculta la alegría de volver a encontrar sus tesoros después de años.

El coleccionista no interviene en la selección, pero Ballesteros regresa una y otra vez. En la sala está la imagen de una fuente que supo ser la estrella de una edición de arte BA, y también el video de los vuelos de aeromodelismo interior que conquistaron en 2015 a los visitantes de la Bienal de Venecia. El propio artista impulsa el vuelo de los aviones que pesan menos de un gramo y que él mismo fabrica. La levedad del peso determina la suprema lentitud del vuelo. Y allí mismo, como buen coleccionista, Tedesco marca un punto de inflexión en el modo de apreciar un arte bello y excepcionalmente sensible: se apresta para organizar la retrospectiva que Ballesteros merece. Y de este modo se teje la trama para afianzar la carrera de un artista.

El placer que al coleccionista le depara la belleza queda a la vista en las inmensas pinturas abstractas de Graciela Hasper. Los representantes de la generación de 2000 y de los años 90 son mayoría. De esa década provienen las obras de Fernanda Laguna, fundadora de Belleza y Felicidad que aparece retratada por Leonel Luna en el medio de un basural. La visión politizada de Luna es una prueba de eclecticismo.

No obstante, y si bien el abanico de géneros y tendencias es muy variado, reina un criterio: la calidad. Marina De Caro presenta un nudo y un hermoso jardín realizados con hilos y lanas y de colores. Allí están las investigaciones del universo del color de Karina Peisajovich, las infografías de Hernán Marina que aluden a la violencia callejera, las ásperas superficies de Federico Colletta y el rigor de un dibujo de Pablo Siquier, una de sus más complejas estructuras en contrapunto con la dramática carbonilla de Ana Gallardo, dos paisajes de la Laguna de Zempoala. El texto del curador abunda en definiciones, así califica el “lirismo rústico” (Débora Pruden, Navarro), la “metáfora informalista” (Valentina Liernur) el “pop” destilado (Karem El Azem, Mariano Ferrantes), la serialidad matemática (Pablo Accinelli), el artificio ornamental (Valeria Maculán), la invención morfológica (Laguna, Alexis Minkiewicz, Adriana Minoliti) y el experimento con el campo de color (Paola Vega)”.

La fotografía ocupa un lugar especial. Los retratos tomados por Sebastiano Mauri, Rosana Schoijett y Gian Paolo Minelli figuran junto a los atrayentes interiores de Jorge Miño y los autorretratos de Nicola Costantino mientras se somete a una intervención quirúrgica. A partir de allí realiza una escultura en resina de sí misma, un alter ego. Luego, la serie “Guilty” de Marcelo Grosman, se contrapone al humor del Pop latino de Marcos López, mientras “Intervalos Intermitentes” de Res muestra un boxeador antes y después de la pelea.

Los curadores dividen la muestra en dos capítulos, “Relato, violencia y experimentación” y “Del lirismo a la geometría”. Pero acaso el mayor acierto consiste en procurar el encuentro entre algunos referentes históricos como Rogelio Polesello con su pariente estilístico, el contemporáneo Fabián Burgos, o las abstracciones de Kasuya Sakai junto a las de Martín Reyna y, además, las sinuosas líneas de un tapiz de Josefina Robirosa con los textiles del joven Guido Yanitto. Fabri y Stupía demuestran así la perseverancia del ojo de un coleccionista capaz de explorar a través del tiempo obras afines a sus preferencias estéticas.

Entre los coleccionistas, cuestiones como el gusto, la audacia, el deseo de rodearse de cosas bellas, los conocimientos; incluso la búsqueda del ascenso social, el afán de invertir o especular marcan notables diferencias. Balzac aseguraba que los coleccionistas son los seres más apasionados que hay en la tierra, pero, en realidad, el arte se atesora por motivos muy diversos.

Obras de Cynthia Cohen, Roberto Jacoby, Gabriel Chaile, Nicola Costantino, Karina El Azem, Ariel Cusnir, Adriana Minoliti, Adrián Villar Rojas, Leandro Erlich, Ariel Cusnir, Matias Duville, Diego Bianchi y Mauro Koliva, entre otros, completan la muestra.

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