27 de enero 2010 - 00:00

2010, año de la reforma de la salud (de Wall St.)

Emilio Ocampo
Emilio Ocampo
La crisis del 30 provocó una profunda crisis del sistema financiero de Estados Unidos y la aprobación de la ley Glass-Steagall, que impuso límites a la actividad que podían desarrollar los bancos comerciales.

Esta legislación fue derogada a lo largo de la década de los noventa. A fines de 2008, después del colapso del sistema financiero, se generó un fuerte consenso respecto de la necesidad de una nueva reforma para evitar la ocurrencia de una nueva crisis. Al asumir la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama declaró su intención de llevarla a cabo. Pero durante su primer año como presidente concentró sus esfuerzos en la reforma del sistema de prestación de salud y pareció que el impulso para reformar el sistema financiero languidecería.

Desde el primer momento, el movimiento reformista encontró serios obstáculos. En primer lugar, dentro de la administración existían opiniones encontradas. Por un lado, Tim Geithner, secretario del Tesoro, y su mentor Larry Summers, consejero económico de la Casa Blanca, se oponían a una reforma demasiado radical. Ambos tienen estrechos contactos en Wall Street.

En el rincón opuesto se encontraba Paul Volcker, ex titular de la Reserva Federal, también asesor de Obama. El octogenario economista no tiene pelos en la lengua y hace tiempo que viene insistiendo sobre la necesidad de una reforma profunda del sistema financiero que reimponga las limitaciones de la ley Glass-Steagall. En su opinión, no hay evidencia alguna de que la innovación financiera de los últimos 20 años haya contribuido al crecimiento económico. ¡Para Volcker la única innovación verdaderamente valiosa fue la introducción de los cajeros automáticos!

Los esfuerzos reformistas enfrentaban otro enemigo formidable: el poderoso lobby de los bancos. La fuerte recuperación que experimentó la industria financiera durante 2009 contribuyó a reforzar su influencia en el Congreso. Recordemos que el lobby de la industria financiera es probablemente el más fuerte del sector empresario de EE.UU. Este poder se sustentó durante años en ganancias extraordinarias para los bancos, que en 2006 llegaron a representar casi el 40% de las ganancias de todo el sector privado de Estados Unidos. En los últimos diez años, este lobby gastó más de u$s 6.000 millones para influenciar la agenda legislativa.

El debate entre ambas posturas quedó claramente reflejado en las declaraciones de banqueros y economistas ante un comité especial del Congreso creado para investigar el origen de la crisis. Este comité, reminiscencia del creado en la década de 1930 con el mismo objeto, inició sus actividades hace sólo unas pocas semanas. Quien expresó la postura más extrema en contra de la reforma fue Lloyd Blankfein, presidente de Goldman Sachs, firma que acaba de reportar ganancias récord. Para este ejecutivo, la crisis de 2007-2008 fue un «cisne negro», un evento de esos que ocurren cada 100 años. Debemos resistir una respuesta diseñada únicamente para protegernos de este tipo de eventos, declaró Blankfein a los miembros del comité. Su recomendación: no hay que limitar los riesgos que toman los bancos ni tampoco regular los derivados.

Hasta la semana pasada parecía que Volcker y los reformistas habían perdido la batalla. Sin embargo, los recientes anuncios de la Casa Blanca sugieren lo contrario. «Aunque el sistema financiero está en mejor situación que hace un año, todavía opera bajo las mismas reglas que casi lo llevaron al colapso», declaró Barack Obama hace unos días. El resto de su discurso pareció ser dirigido a los ejecutivos que declararon la semana anterior en el Congreso. «Mi determinación de reformar el sistema financiero se refuerza cuando veo un retorno a viejas prácticas en algunas de las instituciones que más se oponen a la reforma y cuando veo que esas mismas instituciones generan ganancias récord mientras arguyen que no pueden otorgar préstamos a las pymes, no pueden mantener bajas las tasas de interés sobre las tarjetas de crédito y tampoco pueden repagar a los contribuyentes el monto de su rescate. Es exactamente este tipo de irresponsabilidad la que hace clara la necesidad de una reforma».

El objetivo de la reforma propuesta por Obama es limitar el gigantismo de los bancos comerciales, ya que su eventual colapso puede desestabilizar al resto de la economía como sucedió en 2008. Es decir, terminar con los bancos TBTF («too big to fail» o demasiado grande para quebrar). Las medidas propuestas forzarían a estas instituciones a limitar sus actividades a la banca comercial tradicional. Esto significa no más fondos de inversión privados (hedge funds y private equity) y tampoco la compraventa especulativa de bonos, acciones y derivados por su propia cuenta. Obviamente, esto también significa menos ganancias para los bancos, por lo que es de esperar que sus esfuerzos de lobby se intensifiquen.

En esencia, la reforma propuesta por Obama se basa en las recomendaciones de Volcker, para quien no tiene sentido subsidiar a los bancos con garantías de depósitos para que luego se dediquen a actividades riesgosas y especulativas. Esta distorsión fue justamente uno de los factores detrás de la crisis de 2007-2008. Por otra parte, no se trata de restringir esas actividades, esenciales para el funcionamiento de los mercados financieros, sino de limitarlas a fondos de inversión privados como los hedge funds.

La decisión del senador demócrata Christopher Dodd, presidente del Comité de Finanzas del Senado, de no buscar la reelección puede complicar la reforma de Obama. Su reemplazante es un senador republicano de North Dakota, estado que es sede de las operaciones de tarjeta de crédito de algunos de los bancos más importantes y por ende menos propenso a las reformas.

El año 2009 fue el año de la reforma del sistema de salud. Éste seguramente será el año de la reforma del sistema financiero. De su éxito o fracaso dependerán la salud y la estabilidad de la economía global.

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