Las reestructuraciones predefault sirven sólo si garantizan la liquidez y la solvencia.
Ante una situación de sobreendeudamiento es necesario abordar la situación y tratar de reducir la deuda para recuperar la liquidez y la solvencia. El mejor camino es hacerlo sin «defaultear», es decir, lo que se denomina «reestructuración preventiva». Pero no a precios de mercado (con riesgos-país de default), sino con quitas de capital, reducciones de tasa de interés y/o alargamiento de plazos de manera voluntaria con los acreedores. Pero éstos pueden no estar de acuerdo con la reestructuración y entonces las mismas pueden fracasar.
En un escenario de sobreendeudamiento y de eventuales fracasos de reestructuraciones preventivas los defaults pueden ser inevitables ya que una situación de insolvencia no puede resolverse con ajuste fiscal ni apoyos financieros multilaterales (que a su vez implica tomar más deuda).
Si la situación es insostenible y el default es inevitable hay que entrar en default lo antes posible y no esperar revertir una situación que no tiene solución.
Un default no es la muerte para un país y la economía puede seguir funcionando, aunque las consecuencias financieras inmediatas son muy negativas y traumáticas, indudablemente. Pero un país puede levantarse.
Éste es un aspecto central para que un país retome un sendero financiero de normalidad y supere la crisis posdefault. Una negociación de buena fe acompañada de apoyo multilateral y de señales positivas hacia los mercados, aun con grandes sacrificios para los acreedores en términos de pérdida de valor de sus títulos es mejor que un default de mala fe, que trae consecuencias negativas y alarga el retorno a una situación de normalidad financiera para el país, incluyendo el reacceso al crédito del sector privado y una baja en la tasa de interés, además del retorno de la credibilidad, la previsibilidad y la confianza internacional, lo cual incentiva el retorno de la inversión extranjera directa a proyectos de la economía real. Pero negociar de buena fe no significa acceder a los planteos de los acreedores, sino que el nuevo perfil financiero es una decisión soberana, lo que se complementa con explicaciones y convencimiento de los acreedores en el sentido de que es mejor una mala reestructuración, pero rápida y expeditiva y no una situación sin resolver que dure un tiempo largo.
Las reestructuraciones de deuda, aun las de buena fe, son difíciles y complicadas, con resultados inciertos ya que se requiere el consentimiento de la mayoría de los acreedores. En este sentido, ayudan las denominadas cláusulas de acción colectiva bajo las cuales con el 75 por ciento de adhesión se vincula al 100 por ciento de los acreedores. Estas cláusulas se han incluido en los bonos posdefault, pero no existían antes de la reestructuración.
Los juicios internacionales no han dado resultado como instrumento de cobro de los títulos. Pero no por razonamientos legales, sino por la postura y la influencia técnica del Tesoro de Estados Unidos en relación con los reclamos de los tenedores demandantes ya que activos comerciales y por lo tanto embargables han sido liberados luego de escritos presentados por el Gobierno de Estados Unidos, que ha privilegiado el orden y la seguridad de la plaza financiera de Nueva York.
Luego del default y de una reestructuración argentina considerada por los mercados y los organismos multilaterales como de mala fe, el país recibió varias ofertas para volver a los mercados de capitales internacionales a tasas razonables, incluso no muy superiores a las ofrecidas a Brasil, un país que no ha incumplido sus pagos. Es decir, se puede volver a los mercados. Pero volviendo al primer comentario, para financiar obras que deberían ser rentables.


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