25 de enero 2011 - 00:00

A 8 años de la muerte de Chillida, renace su utopía

Eduardo Chillida frente a Tindaya, que él quería transformar en una «montaña mágica» (crear en ella un espacio interior como monumento a la tolerancia) y que ahora el Gobierno español se dispone a hacer realidad invirtiendo 75 millones de euros.
Eduardo Chillida frente a Tindaya, que él quería transformar en una «montaña mágica» (crear en ella un espacio interior como monumento a la tolerancia) y que ahora el Gobierno español se dispone a hacer realidad invirtiendo 75 millones de euros.
Si fueron españoles algunos de los artistas que contribuyeron a las hondas transformaciones de la escultura contemporánea -entre ellos, Picasso y, sobre todo, Julio González-, España no se sustrajo a los ulteriores desarrollos de la disciplina; por lo contrario, los asumió y afianzó, dando sus versiones propias, según es el caso emblemático del vasco Eduardo Chillida, fallecido en agosto de 2002.

Picasso, Juan Gris, Luís Fernández, Tápies y Chillida nos remitieron, a las vanguardias históricas internacionales y a las españolas de la postguerra. Por eso es fundamental realizar un exhaustivo análisis de la obra del vasco Chillida (nacido en enero de 1924 en San Sebastián) y su aporte a la obra escultórica mundial. La reflexión sobre el espacio es central en el trabajo de Chillida y a ella vuelve una y otra vez a lo largo de los años cuando habla sobre lo que hace o sobre la vida. Una vida dedicada, diríamos, a recoger el espacio, a envolverlo. Más aún, a entenderlo a saber qué es, de qué hablamos cuando lo nombramos.

Abandonó la carrera de arquitectura, porque intuía ya entonces que muchos arquitectos parecen importarles más las fachadas, las puertas los cerramientos, que lo que queda dentro, y él quería un orificio donde el espacio, lo contenido, fuera tan importante como lo que contiene. Chillida labra, forja, talla, esculpe, moldea, fragua para buscar no sólo la forma que surge entre sus manos si no el vacío que va quedando, eso que no vemos, o no vemos tan fácilmente, pero que es tan provocado como lo que sí vemos, tan parte de su obra.

La búsqueda del vacío como espacio positivo: he aquí el gran reto de Chillida y de su obra. Tal vez la sublimación de la obra de arte, esa en que lo material, lo que está ahí, no es lo más importante que lo que no vemos, sino que apenas un elemento de lo que el artista ha querido crear y que el espectador vea, uno entre varios, el que contiene y limita a eso otro que también es la obra aunque no tenga materia porque es puro vacío, hueco.

Espacio es esencialmente aquello a lo que se ha hecho espacio, lo que se ha dejado entrar en sus fronteras, dice Heidegger. Y eso hace Chillida, abrir espacio al Espacio, dejarlo entrar y, al hacerlo entrar, hacerlo ser. Hay una relación de ida y vuelta entre Chillida y Heidegger en torno al espacio, una reflexión y un interés compartido, una influencia recíproca.

Entonces vemos de vital importancia el consenso entre políticos canarios y la familia Chillida para dar a luz a su gran sueño utópico que fue Tindaya. Tindaya fue un sueño visionario de Eduardo Chillida, que acabó por convertirse en pesadilla. Según él mismo reconocía, le provocaba insomnio y una «extraña úlcera». El sueño que nació en 1985 de un verso («lo profundo es el aire») de «Cántico» de Jorge Guillen, y de una visión nocturna (una montaña despojada de su interior para que el espacio entrara en ella, un homenaje a la pequeñez que nos une a todos los hombres.

Pero 16 años después de que empezara todo -y 20 días después de que cerrara el museo Chillida-Leku- la montaña mágica de Chillida revive. El plan es convocar en un plazo de dos meses a concurso público para la adjudicación de la obra, cuya realización costaría 75 millones de euros, en un país desarrollado como España poseen un amplio presupuesto para la cultura a pesar de las crisis económicas.

Tal y como lo ideó Chillida, el proyecto consistía en horadar en el corazón de la montaña una cavidad cúbica de 50 metros de lado excavada a pico. El gobierno canario relanza ahora el proyecto asegurando que su costo lo sufragarán las empresas constructoras a cambio de una concesión de la explotación del monumento y calcula que los gastos se costearán con la venta de las entradas al público.

Este texto se publicó en el diario «El país» el 27 de Julio de 1996, justamente acerca de su gran sueño Tindaya. «Hace unos años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia. Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteaventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz de Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente.

«El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto. Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido.

Quizá, la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizás otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya».

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